VANESA: LA RESPONSABILIDAD SOCIAL QUE LA EMPRESA NO TIENE
30-3-10
Gabriel Zanotti
Hace muuuuuuuuuuuuchos años me dejó de funcionar la clave PPP del banco XXX. Con un gran esfuerzo de tiempo fui a mi sucursal, me atendieron cordialmente, me dijeron que llamara a BBB y dijera que QQQ y pidiera CCC y que después de unas horitas, todo listo. Ok. Volví a mi trabajo, hice BBB, QQQ, CCC, después de media hora de teléfono, y obviamente horas después PPP seguía sin funcionar.
Meses después volví a la sucursal, pregunté por lo mismo, me indicaron el mismo procedimiento, con la misma pérdida de tiempo y el mismo resultado. Mejor dicho, el resultado fue que me acostumbré durante años a funcionar en el banco sin la clave PPP, porque otra clave funcionaba (nunca mejor dicho, gracias a Dios).
Años después, después de haber asumido mi discapacidad en estas cosas como en muchas otras, fui a otra sucursal del mismo banco XXX por otra cosa. Pero necesitaba la famosa clave PPP. La amable empleada de la recepción me miró como si yo fuera una persona y me dijo “¿cómo, no tiene la clave PPP?”. “No, intenté dos veces el trámite pero no funcionó”. Asombrada, la señora en cuestión me dijo “¿Qué trámite? Venga”, y me llevó al cajero OOO. Se levantó, mi miró amablemente, y me dijo con voz suave: “fíjese”: entonces hizo TU TUT TUT, TU TU TUT TUT TUT y etc. y a continuación se escuchó un PSSSSHHHHHHRRRRRPIN ¡!!, y……….. “Esta es su clave”. Atónito, apenas pude decir “Eh………………. ¡Gracias!”, “No es nada”, con la misma sonrisa, y volvió a su puesto.
Era el mismo banco XXX, con los mismos aparatos, las mismas técnicas, las mismas reglas. ¿Qué había cambiado? Pues sencillamente la persona. Las dos primeras veces yo fui atendido igual que si fuera una máquina de café a la cual hay que imprimirle las instrucciones que, a su vez, fueron dadas a esas máquinas de atender con un letrero detrás que dice “atención PERSONALIZADA”. La tercera vez, esos minutos, contra los años y años que estuve sin clave, tuvo que ver sencillamente con que la señora en cuestión me trato como OTRO, esto es, como OTRA PERSONA, a la cual se le debe respeto, consideración y ayuda por el solo hecho de ser persona.
Pero eso, ¿se enseña en las empresas? Creo que no, pero mi crítica no viene de la escuela de Frankfurt. Soy un liberal convencido de que tras los discursos de responsabilidad social empresaria se oculta un costo más que los gerentes se sacan de encima como un lavado de culpas que supuestamente tienen por ser una empresa. No, una empresa no es una culpa, que después hay que lavarla con una responsabilidad social adicional a la sola responsabilidad de cumplir con la ley y los contratos. La responsabilidad social adicional que a TODOS nos cabe es tratar al otro en tanto otro (lo cual va más allá de lo que se puede exigir por ley). Y eso, ¿se enseña en las familias, en las empresas, en etc.? No soy un socrático moral, no creo que simplemente enseñando y conociendo el bien se lo practique, pero hay infinidad de gerentes y empresarios (y etc.) que si no trataran como rentables trapos de piso a sus inferiores, darían el ejemplo de cómo deben tratar realmente sus empleados a sus clientes, que son ante todo personas y después clientes.
He estado yendo a esta sucursal durante algunos años más. La señora en cuestión sigue en su puesto, ayudando a todo el mundo permanentemente. Hace, precisamente, más de lo que debe. Tiene caridad, trata a los demás como prójimos. Eso es cristianismo aunque la señora en cuestión no fuera bautizada. Ella hace la diferencia. Ella hace más por el mundo que los supuestos revolucionarios que aman a la abstracta humanidad y luego destruyen millones de vidas individuales con su violencia.
Pero ella no es fruto del banco XXX, así como muchos santos docentes NO son fruto del colegio tal, y así sucesivamente. Ella es fruto de ella misma y seguro de la gracia de Dios, actual y/o habitual, aunque ella no lo sepa. Pero quisiera que esto fuera leído por los gerentes que hablan de la “responsabilidad social empresaria” sin ver toda esta cuestión.
Este Jueves estábamos haciendo un pequeño trámite con mi esposa, había muy poca gente en el mostrador de recepción a clientes y, entonces, le pregunté su nombre. Nunca me había atrevido, tenía temor de que me dijera para qué. Pero no. Vanesa, me contestó, y siguió atendiendo a tu prójimo.
Artículo publicado originalmente en el blog de Gabriel Zanotti.
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