OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (III)
24-10-10
Bruno Salama & Lucas Mendes
El papel del profesional del derecho en un orden libre.
Para Hayek, el verdadero papel de los profesionales del derecho es aplicar los principios generales del derecho, las normas abstractas de conducta justa, idénticas para todo ciudadano, en un número indefinido de casos futuros. No es su función y no es deber del profesional del derecho modificar dichas normas. Esa postura no sólo sirve para garantizar la indispensable estabilidad jurídica, sino también para garantizar un orden que favorezca el progreso material y la libertad individual.
Hayek reconoce que existen lagunas dejadas por las reglas jurídicas, y que en tales casos es necesario que el profesional del derecho, especialmente el juez, formule nuevas reglas. Aún así, tales lagunas deben ser cubiertas básicamente a través de las costumbres. Ni los jueces, ni las partes implicadas precisan conocer o investigar cualquier cosa al respecto del orden legal resultante de tomar decisiones específicas. Al contrario, el juez debe atenerse exclusivamente a la lógica autónoma del derecho.
Esta función de los profesionales del derecho debe estar tan arraigada, observa Hayek, que deben asimismo anular la intención del legislador en caso de que su deliberación confronte las normas generales que rigen el derecho. Esta fue, como señala Hayek, la función clásica de los juristas hasta por lo menos el inicio de la Edad Moderna. Entretanto, esta resistencia ha sido solapada por una nueva concepción de lo que debe ser el mismo derecho. Al dislocar el concepto de ley como expresión de normas universales para normas organizaciones, la nueva filosofía del derecho impulsó a los juristas a distorsionar la función principal de la ley: la de salvaguardar la libertad. Hayek, incluso, advierte que si tal filosofía del derecho alcanza la hegemonía en el ámbito de la formación de los profesionales del derecho, la ley abandonará la protección de la libertad individual y, en última instancia, legitimará un sistema totalitario.
En otra época, el liderazgo jurídico era ejercido por los juristas ligados al derecho privado, es decir, lo que interpretaban la ley en su sentido original de norma universal. En nuestros días en cambio, asistimos a la hegemonía de los legisladores del derecho público, que interpretan la ley como normas de gobierno. En este nuevo contexto, el liderazgo jurídico pertenece a los verdugos de la verdadera ley y, por consiguiente, a los enemigos del propio estado de derecho.
Sobre el error de los economistas.
No recae sólo sobre los juristas la responsabilidad del desvirtuar las democracias liberales. Hayek advirtió que muchas de las ideas que gobiernan las acciones políticas en el mundo son concepciones equivocadas de la realidad. De modo especial, observa lo dañino que resulta el hecho de que las ideas económicas que orientan a los juristas sean generalmente falsas. Ejemplos de tales concepciones incluyen la creencia de que la Revolución Industrial perjudicó la calidad de vida de los obreros en favor del enriquecimiento de los industriales, o la creencia de que el libre mercado tiende necesariamente a la inestabilidad y a colapsos financieros, que arrasan la vida de muchos trabajadores y empresarios.
Al contrario de lo que escribió Marx en El Capital, el nivel de vida de las familias obreras en el capitalismo naciente no disminuyó, sino que aumentó de forma inédita; y el libre mercado es inestable y generador de devastadores colapsos económicos, dice Hayek, solamente cuando el Banco Central, a través de sus mecanismos específicos, inyecta papel moneda en el sistema económico de modo artificial, señalizando a los agentes que hay más ahorros/capital para inversión del que realmente existe. En síntesis, “fábulas” formuladas por economistas habrían contaminado a los juristas y filósofos del derecho. Cuando se combinan con la llamada constructivista para planificar la economía y rediseñar el orden social, tales fábulas económicas contribuyen a subvertir tanto la política pública como el derecho.
Consideraciones finales.
Quizás ningún otro pensador haya atribuido a las ideas tanta importancia como Hayek. Son principalmente las ideas –y no las infraestructuras coyunturales- las que determinan los caminos de las políticas públicas. El Liberalismo de los siglos XVIII y XIX no había elaborado elementos suficientes para impedir la hegemonía de las ideas oportunistas y por tanto, él mismo fue presa del “error intelectual”. Se podría afirmar que el Liberalismo sucumbió por no haber sido capaz de articular claramente sus principios. El ideal liberal se basó, en muchos aspectos, en presupuestos vagos. Sea como “capitalismo” o “laissez faire”, o incluso como “economía de libre mercado”, todas esas definiciones fueron excesivamente genéricas en términos de ajustar un conjunto coherente de principios. El carácter ambiguo de los pilares del sistema libre habría permitido el avance del estatismo y en la peor de las situaciones, también el del totalitarismo, como de hecho aconteció en el siglo XX. No sorprende, por tanto, que el antídoto para tal estado de cosas proceda del plano de las ideas. Para Hayek, el único medio para revigorizar las democracias sería sensibilizar a las personas a través de la formación de la opinión pública, para que confiaran sólidamente en principios claros y no intercambiables por supuestas “ventajas sociales”.
Este diagnóstico del error intelectual tiene, con todo, sus dificultades. La principal es que exige un parámetro comparativo, digamos de acierto intelectual. Sucede que este parámetro es incierto y contingente. Hayek descarta la posibilidad de que el parlamente pueda ser el foro correcto para la definición del parámetro de justicia o de conveniencia. Sin ser un anarquista, Hayek demuestra una gran desconfianza en el parlamento: acredita que la única función propia del parlamento es la de controlar al gobierno. De esta forma, la opción que él propone es apelar a la costumbre (ora velada, ora explícita) y la tradición como guías.
Esta salida, sin embargo, no está exenta de problemas. Hayek enfatiza la evolución gradual de la sociedad y de sus reglas, a la inversa del diseño consciente basado en el racionalismo. Con todo, mediante el hecho de que no todas las costumbres son plenamente justificables, Hayek no siempre afronta claramente las tensiones existentes entre la democracia (basada en el principio de deliberación) y el liberalismo (basado en la defensa de las libertades y las costumbres). En particular, no deja claras las circunstancias en que la ley deberá absorber o rechazar las costumbres. De ahí surge el debate y la controversia sobre la actualidad de la obra de Hayek. Tales cuestiones quedarán más claras a medida que progresemos con la discusión de los aspectos jurídicos de la obra de Hayek.
Lea aquí la 1ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (I)
Lea aquí la 2ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (II)
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