OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (II)
15-9-10
Bruno Salama & Lucas Mendes
Si el mercado es imperfecto, la planificación no es la solución.
En las democracias de masas, los políticos y los grupos de presión (con frecuencia, como resaltó Hayek, ha dejado de haber distinción entre ambos agentes), establecen justificaciones para las más variadas intervenciones del Estado en el mercado. De forma que las democracias contemporáneas se transforman en suelo fértil para grupos oportunistas. La pérdida de confianza en los principios viene acompañada de un aumento de la confianza en medidas gubernamentales y legislativas que prometen resultados inmediatos a grupos específicos, constituyéndose en un factor debilitante del orden liberal y del Estado de Derecho.
Hayek considera que concepciones económicas equivocadas son ampliamente aceptadas, legitimando éstas las más perniciosas medidas gubernamentales. El pragmatismo y el cientismo constituyen importantes instrumentos intelectuales favorables a tales medidas. Los llamamientos oportunistas prometen resultados positivos rápidos y por esto mismo tienden a generar aprobación popular. Es esto por lo que los defensores de la libertad –léase los adeptos del pensamiento liberal clásico- fallaran en sus tentativas de oposición a aquéllos que proponen medidas orientadas al corto plazo, sacrificando a cambio normas universales.
El cambio en la concepción acerca de lo que es la “ley” refleja el rechazo de la visión liberal. La función de la ley deja de ser la prescripción de normas generales de conducta justa, idéntica para todos los ciudadanos y aplicables a un número indeterminado de casos futuros; para pasar a ser una serie de normas organizacionales, estructurantes e instrumentales orientadas a la consecución de objetivos específicos y particularistas. De esta forma, los partidos y grupos de presión, tales como sindicatos, ONGs, organizaciones de clase, etc., pasan a utilizar al Estado como medio para alcanzar beneficios propios. Tales prácticas oportunistas, largamente aceptadas en el ámbito intelectual y usuales en las decisiones políticas, diluyen los principios que deberían orientar un régimen genuinamente democrático. El imperio de la Ley cede su lugar al imperio de la voluntad de los legisladores.
La sociedad y sus particularidades.
La vida social está marcada por las particularidades humanas, pudiendo diferenciar las internas de las externas. Las internas se dividen en dos: en primer lugar, tenemos particularidades físicas, que surgen porque no tenemos fuerza o capacidad de hacer todo aquello que deseamos con nuestro cuerpo. En segundo lugar, tenemos particularidades de carácter intelectual o mental, que surgen del hecho de que nuestra mente tiene una capacidad limitada para retener conocimientos, así como del hecho de que la mente de cada individuo actúa y responde de forma diversa ante los hechos que se presentan en el discurrir de su vida.
Por otra parte, el ser humano se encuentra con una particularidad externa, referente a los límites de los recursos que provee la naturaleza. Hay lugares, por ejemplo, donde el agua potable es abundante; hay otros en los que no. Hay regiones en las que el clima es favorable para el cultivo de ciertos cereales, mientras que en otras no. Es decir, el hombre no posee en abundancia todo aquello que precisa. Las particularidades externas determinan una situación de malestar que impele al ser humano a la acción y la cooperación con sus semejantes. El lector tal vez ya se ha dado cuenta de que en economía, tal particularidad se llama “escasez”, lo que impone a los hombres la necesidad de emplear con eficiencia los recursos económicos disponibles.
El problema, sugiere Hayek, es que el cientismo y el pragmatismo parecen ignorar estas contingencias inherentes a la condición humana. La final frustración de determinados planes humanos y la imposibilidad práctica del equilibrio económico, de acuerdo con las presunciones de ciertos modelos teóricos, acaban sirviendo como justificación para que políticos y burócratas experimenten con sus planes con el fin de alcanzar resultados aparentemente deseables a la vez que admirables. Tales hombres y los que los apoyan, consideran que manejando las piezas del “juego económico y social” podrán obtener, matemáticamente, los resultados que anhelan. Procediendo de esta manera, tratan el gran orden espontáneo de la sociedad como un laboratorio de ciencias exactas.
Pero el orden complejo de la sociedad y sus variables elementos –que no son otros que los seres humanos- no presentan regularidades entre sus partes. Por eso, la manipulación de la sociedad a través de medidas gubernamentales, especialmente a través del gran instrumento de maniobra política –es decir, la legislación- nunca revierte en un orden tal como el que se pretende. El uso del método científico de las ciencias exactas y naturales sería por este motivo uno de los grandes errores del pensamiento social moderno.
Hayek fue uno de los autores más notables en la lucha contra el cientismo en el siglo XX. Sostuvo que era irracional extrapolar el método de las ciencias naturales y exactas –que lidian con variables constantes- a las ciencias sociales, que originalmente tratan con variables mutables. En uno de los párrafos, Hayek lo expresaba así:
“La visión miope de la ciencia que se concentra en el estudio de hechos particulares porque sólo éstos pueden ser empíricamente observados, y cuyos defensores también se vanaglorian de no estar guiados por aquella concepción de orden global sólo alcanzable por lo que denominan “especulación abstracta”, en modo alguno nos hace más capaces de moldear un orden deseable; al contrario, ya que nos priva en la realidad de toda orientación eficaz para tomar acciones exitosas”
El orden global al que Hayek se refiere es el verdadero orden espontáneo de una sociedad libre. Tal orden es considerado una utopía porque nunca es un orden concreto, observable empírica y racionalmente, como quería Descartes. Tal orden, por ser puramente abstracto, debe servir de modelo al científico social, a forma de guía que apunte al orden ideal a alcanzar. Siguiendo a Hayek, tal orden constituye el verdadero objetivo que permite ordenar políticas racionales y apuntar soluciones a los problemas de la política práctica.
Lea aquí la 1ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (I)
Lea aquí la 3ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (III)
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