OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (I)

21-8-10

Bruno Salama & Lucas Mendes

 

La libertad individual es el valor supremo del pensamiento hayekiano, y el estado de libertad es aquél en el cual cada uno puede emplear su conocimiento con el objeto de alcanzar sus propósitos; el gran verdugo de la libertad es el oportunismo.

 

El término oportunismo tiene en Hayek un sentido específico. Representa aquello que Oliver Williamson llamaría, años después, “la búsqueda del interés propio con malicia”. Pero más allá de la malicia, el oportunismo englobaría también formas de pensar derivadas del “error intelectual”, particularmente del cientismo y del pragmatismo.

 

Estos constituyen la quintaesencia de la autosuficiencia y la arrogancia humana, derivados de la falsa creencia en la capacidad del hombre moderno para ordenar la sociedad, compuesta por procesos espontáneos en los cuales las intervenciones humanas producen con frecuencia consecuencias imprevisibles e inesperadas. El oportunismo es el verdugo de la libertad porque se manifiesta en la acción política instrumental que sacrifica la defensa de la libertad con la excusa de corregir supuestas distorsiones y dar respuestas a supuestas necesidades coyunturales.

 

 

El liberalismo y la sociedad de principios

 

En una sociedad libre, dice Hayek, todo esfuerzo político debe estar centrado en la preservación de la libertad. Esto quiere decir que las tentativas de perfeccionamiento social deben siempre tener en cuenta un conjunto de normas abstractas y coherentes (nomos). Cuando la política y la legislación se basan en normas organizacionales (tesis), el resultado es la supresión de la libertad y la eliminación de sus frutos.

 

La restricción de la libertad es frecuentemente invocada como una solución para problemas coyunturales. El problema, dice Hayek, es que los efectos indirectos de tales soluciones son imprevisible; es muy difícil establecer claramente todas las consecuencias negativas que la restricción de la libertad puede acarrear. Cuando se tienen en cuenta los efectos imprevistos en el largo plazo, el cálculo de costes y beneficios se torna imposible. Las intervenciones en el mercado a través de la legislación, por ejemplo, habrán de generar efectos inmediatos visibles y posiblemente satisfactorios para el público y los burócratas; a medio y largo plazo, sin embargo, tenderán a generar efectos nocivos e indeseables. Una congelación de precios y una confiscación de ahorros son dos ejemplos que ilustran bien esta dinámica: reducen la inflación a corto plazo, pero en el largo plazo tienden a generar escasez de inversión, de bienes de consumo y de confianza pública.

 

Tales efectos negativos son como mutaciones genéticas: son imprevisibles “ex ante”, pero son comprensibles “ex post”. Y a partir del momento en que se tornan comprensibles que frecuentemente pasan a ser interpretados como distorsiones del orden espontáneo de la sociedad libre. Cuando los efectos son entendidos de esta forma, su corrección parece requerir nuevas intervenciones estructurantes de parte de los gobiernos.

 

Se inicia así un círculo vicioso en el que los efectos imprevistos inducen a los burócratas y al público a justificar nuevas restricciones a la libertad y nuevas intervenciones.

Viene de ahí el principio típicamente hayekiano de defensa “dogmática” de la libertad, e incluso la noción de que la libertad no puede ser trocada por otras exigencias, como el bienestar social o la igualdad. La defensa de la libertad como principio supremo tiene, de esta forma, un carácter doble: su protección no es sólo un fin en sí mismo, sino también un medio para resguardar la posibilidad de alcanzar los objetivos de cada miembro de la sociedad.

 

Es por ello, además, que en el sistema hayekiano la libertad se vuelve posible solamente cuando la sociedad está basada en un sistema político ideológicamente orientado a la protección de valores universales de justicia. Eso explicaría, según Hayek, por qué las instituciones típicamente occidentales como el gobierno con separación de poderes y el sistema democrático funcionan bien en algunos lugares, pero no en otros. Explicaría, en particular, el fracaso de los transplantes de esas instituciones en países cuya tradición de respeto y defensa de la libertad es nula.

 

Esto no quiere decir, por otro lado, que la visión de la libertad como una posibilidad de uso de conocimiento con vistas a propósitos individuales sea egoísta. Al contrario, dice Hayek, el genuíno altruismo es aquél ejercido voluntariamente; y sujetar a otros a seguir los valores altruistas rompería con la virtud innata del comportamiento altruista. Libertad, egoísmo y altruismo son, por consiguiente, conceptos inseparables, incluso distintos. Cuando el buen portugués abre su panadería a las seis de la mañana para vender pan recién salido del horno, no está actuando por motivos altruistas. En el fondo, su esfuerzo está simplemente orientado a satisfacer sus propios intereses egoístas, obteniendo dinero a cambio de la venda de los panes. Esa es la fuerza benéfica (o función social) del egoísmo en un contexto de libertad y de respeto a las instituciones de justicia.

 

 

Dos enemigos del orden libre y un solo motivo: el oportunismo

 

Durante el siglo XX, el pragmatismo y el cientismo han sido verdaderos epítomes del oportunismo. En común, esas perspectivas rechazaron el valor de un sistema social basado en principios. En nombre del pragmatismo político o del tecnicismo, se rechazaron las ideologías, o sea, los conjuntos de principios que señalan los valores esenciales para el sostenimiento y funcionamiento de un orden libre.

 

El cientismo, declara Hayek, esconde los límites del pensamiento instrumental. La gran tentación de los cientistas sociales fue pretender extender los métodos de las ciencias naturales y exactas a las ciencias sociales. El problema de tal tentativa es que mientras que las ciencias naturales y exactas tratan con datos concretos y fijos, las ciencias sociales tratan con datos abstractos y mudables, pues su foco de atencion son los seres humanos en su contexto social, incluyendo aspectos tan variables como sus creencias, valores, aptitudes, medios e incertidumbres. Incluso siendo variables, tales consideraciones no son moldeables: es imposible manipular experimentalmente el objeto de las ciencias sociales, suponiendo que algún resultado concreto pudiera ser previsto por el observador.

 

El pragmatismo, a su vez, sabotea la libertad en nombre de facilidades inmediatas que en la mayoría de las ocasiones, beneficia a determinados grupos específicos. En el nombre del pragmatismo, agentes políticos y privados han renunciado a la observancia de los principios y normas morales que salvaguardaban la libertad individual. En vez de ello, abrazaron una doctrina constructivista que aplica “técnicas sociales” para resolver, caso por caso, los problemas sociales. Liberados de apego “dogmático” a los principios y valores fundamentales de la sociedad, los pragmáticos valoran la ciencia y la técnica como medios adecuados para que el hombre y la sociedad construyan su destino.

 

Hayek moteja a las tentativas de herir los principios universales en nombre de otras consideraciones como “oportunistas”. Tales ataques, apoyados por la mayoría del público, generalmente conducen a resultados no buscados por sus mismos promotores. Los resultados indeseados, a su vez, tenderán a legitimar nuevas intervenciones inherentemente cercenadoras de la libertad, pero no siempre evidentes a los ojos de los planificadores. Es de esta manera que el cientismo y el pragmatismo, cuando se traducen en acciones prácticas, tienden a desencadenar consecuencias indeseables, conduciendo a las comunidades humanas a asumir cada vez mayores restricciones de la libertad así como, posiblemente, una total opresión.

 

La política puede ser guiada por dos mecanismos: por los principios de un orden libre o por el oportunismo. Por ello, dirá Hayek, estos dos mecanismos no son compatibles. El primero no informa exactamente de cuál será el resultado para una nación de la adopción del respeto a los principios que sustentan un orden libre, si bien indicará el norte en dirección a un orden global ideal -si bien tal orden nunca será alcanzado-. El segundo mecanismo, por el contrario, usará todos los medios políticos para determinar resultados sociales y económicos específicos, alentando la expansión del gobierno sobre ámbitos correspondientes a la libertad individual. Esta medio puede arruinar las instituciones que salvaguardan la libertad y el orden espontáneo de la sociedad. Es una vía que si se lleva a sus últimas consecuencias, tiene como destino el totalitarismo.

 

Es preciso advertir, no obstante, que esta teleología en la cual el oportunismo lleva a la tiranía no es un camino inexorable, como muchos comentaristas y críticos de Hayek comúnmente sugieren. Es conveniente fijarnos en un párrafo en el que Hayek trata este asunto:

 

"Lo que quise afirmar en Camino de Servidumbre no fue que todo alejamiento, incluso pequeño, de aquello que considero como principios de una sociedad libre, nos arrastrará ineludiblemente hacia un sistema totalitario. Mi intención fue hacer una advertencia que, en términos más coloquiales se expresa en la frase: Si no corrige sus principios, a usted le va a ir mal”.

 

Tal vez lo que Hayek realmente había querido decir es que los frutos que el orden espontáneo podría generar si la libertad no fuese cercenada se ven oscurecidos por la dinámica de la intervención gubernamental, cuyas consecuencias no intencionadas acarrean a su vez nuevas intervenciones gubernamentales. En nombre del pragmatismo y del cientismo, políticas públicas impulsadas por el oportunismo renuncian a los principios universales que debieran guiar un orden social.

 

Este proceso oculta cada vez más las condiciones que permitieron el advenimiento de la civilización, así como el increíble aumento de bienestar promovido por ella. Como contrapartida, promueve el ideal de que repetidas intervenciones y sacrificios de la libertad serán siempre necesarias.

 

 

Lea aquí la 2ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (II)

Lea aquí la 3ª parte del artículo: OPORTUNISMO: EL VERDUGO DE LA LIBERTAD (III)


 

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