EL LIBERALISMO FRENTE AL ABORTO, LA EUTANASIA Y LAS DROGAS DURAS
Daniel Ballesteros Calderón
¿Debiera un liberal transigir con la legalización del aborto, la eutanasia o las drogas duras? La experiencia histórica nos alerta de que la superación de determinadas barreras éticas da lugar a una transformación radical de la sociedad, imprevisible en el momento de evaluar la conveniencia de una legalización. Por tanto las leyes debieran tener en cuenta tales barreras y los fenómenos de encadenamiento social, antes de dar vía libre a acciones tan controvertidas.
El derecho positivo debe salvaguardar los derechos naturales a la vida y la libertad para posibilitar el óptimo funcionamiento de un orden social extenso, pues la mayor amenaza a dicho orden se halla en ingenuas y erróneas elucubraciones hiperracionalistas -algunas liberales- acerca de la moral y la sociedad, las cuales niegan protección absoluta a vida y libertad humanas en nombre de un más “perfecto” ejercicio de las mismas. En este sentido, cualquier modificación del derecho positivo patrocinada por ingenieros sociales para tolerar agresiones propias o ajenas a vida o libertad, tendrá un coste humano que no sólo se cifra en vidas, sino en una corrupción radical de la coexistencia social que necesariamente habrá de generar terribles sufrimientos como consecuencia de un estado de permanente conflicto entre individuos.
Los resultados que arroja el positivismo constructivista en torno al aborto, la eutanasia y la legalización de las drogas duras son claros: un millón largo de víctimas humanas que oficialmente ha ocasionado la despenalización del aborto en España; una trágica situación creada por la despenalización de la eutanasia en los Países Bajos, caracterizada por un grave retroceso de los cuidados paliativos en enfermos crónicos, terminales, ancianos y niños con taras físicas o psíquicas; y la realización de miles de eutanasias no solicitadas al año, que a menudo son administradas “motu proprio” por doctores y enfermeras, y que constituyen homicidios en toda regla que el Estado consiente por omisión.
En cuanto a los experimentos de comercio libre de algunas “drogas duras”, éstos han fracasado a pesar de los optimistas cálculos realizados “a priori” acerca de lo que sucedería en un entorno de libre distribución y consumo. La realidad es que la legalización de tales estupefacientes implica reproducir los patrones de consumo de las “drogas blandas” como el alcohol, con sustancias mucho más adictivas y dañinas que impiden el ejercicio de la libertad individual, dañan la vida humana y ocasionan fuertes externalidades negativas, teniendo algunas además graves implicaciones en el ámbito laboral (consumo inducido por exigencias de rendimiento) así como entre el público menor de edad (por razones académicas, miméticas y de integración social).
Si estas tres reformas legales coincidiesen en una misma sociedad, los efectos de cada una de ellas se verían potenciados por las otras dos, en tanto se institucionaliza y difunde entre la sociedad la idea de que la vida humana sólo es digna de protección legal bajo determinadas circunstancias (haber nacido y hallarse en plenas facultades físicas y mentales) y, que bajo cualquier otra, los poderes públicos, personal sanitario, o el propio individuo, están legitimados –por compasión, dolor o cálculo de beneficios- a acabar con una existencia que “no merece la pena ser vivida”.
Varios autores de la Escuela Austríaca de Economía, como Hayek o Mises, advirtieron vehementemente en sus obras acerca del peligro que constituía el constructivismo hiperracionalista para la vida y la libertad del hombre y por tanto para el bienestar humano. Sus críticas eran generales, aunque se dirigieron principalmente hacia el régimen socialista del NSDAP alemán así como los regímenes comunistas, los cuales representan casos paradigmáticos de muchas de estas iniciativas legales cuyo reflejo no se desea reconocer en la actual deriva ideológica del mundo desarrollado.
Por ello conviene recordar y reforzar que las todavía actuales normas morales fundamentales de convivencia, derivan de una antropología humana cristiana, verdad revelada sobre el hombre, confirmada por la experiencia y la razón y a partir de la cual han cristalizado el Derecho y nuestras sociedades civilizadas. Estas normas orientan al hombre a la auténtica felicidad, y el tratar de vulnerarlas reemplazándolas legalmente por el error y la mentira, sólo puede ofrecer frutos de dolor y muerte.
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1 Comentario
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#1
El conflicto entre individuos es permanente, no coyuntural.
Me da que usted interpreta la situación de la eutanasia en Holanda de una forma muy particular. Es evidente que el derecho a la vida, qué perogrullez, debe ser salvagauradado; el derecho, añado, a una vida digna, que muchos enfermos termianles no pueden tener debido a sus dolencias.
Espero que esas normas morales que derivan de una antropología humana cristiana, como usted las llama, se queden de una vez por todas obsoletas; y el hombre, a la hora de hacer Derecho o Ciencia o lo que se tercie, sólo piense en su realidad y, en efecto, en su naturaleza real, que nada tiene que ver con el cristianismo ni con nincguna otra concepción religiosa. 