EN DEFENSA DE LA LIBERTAD (TAMBIÉN DE LA ECONÓMICA)
3-7-10
Berta García Faet
Desde que la crisis norteamericana de las hipotecas subprime reventara en todo su caluroso esplendor el agridulce verano del 2007 y se expandiera La Gran Catástrofe por todo el globo en menos de dos años, se ha vuelto a renovar el reto de siempre, la pregunta-madre de las Ciencias Sociales, aún en una atmósfera de duelo y recesión planetaria: ¿qué modelo de sociedad es el más deseable, por sostenible, por factible? Desgraciadamente, siempre acaba por instaurarse una versión oficial -tanto en la práctica política como en los medios académicos pero, sobre todo, en los medios de comunicación-, que tiende a ser inmovilista, a envolverse en un halo de “corrección política” y a presentarse a sí misma ante el imaginario colectivo como el fruto sagrado del debate entre los expertos. Pero nada más lejos de la realidad.
La tesis de esta ocasión –de casi todas las ocasiones desde la consolidación del Estado del Bienestar- se resume en lo siguiente: el “sistema capitalista” –sea lo que sea esto-, moribundo, debe, o bien ser intensamente reformado (primera opción: sin eliminarlo, socialdemocracia profunda), o bien sencillamente morir (segunda opción: ser sustituido por uno de aquellos sueños del siglo XX). La gran ganadora vuelve a ser la socialdemocracia y el argumento de autoridad más susurrado vuelve a ser el apellido del economista más reinterpretado de la Historia del Pensamiento, Keynes, quien básicamente abogaba por la intervención estatal en la economía con contundencia contra-cíclica.
En este contexto de aparente consenso, a estas alturas del neokeynesianismo, de la aceptación de la intervención pública como instrumento legítimo y, sobre todo, como instrumento efectivo con respecto a los fines de bienestar social fijados, ¿qué puede aportar el liberalismo contemporáneo, con su terca defensa de la libertad integral? Puede aportar mucho. En realidad, a pesar de la ficción del consenso total en lo fundamental, los paradigmas explicativos y prescriptivos de lo social siguen compitiendo, siguen proponiendo. Una vez que quedó claro que había vida más allá de Marx, ahora deberíamos aceptar que hay vida más allá de Keynes, de la síntesis de Hicks y de los neos que han venido después, y escuchar las alternativas, también las marginales. El propósito de este artículo es ahondar en esa construcción del “esquema de disensos” habermasiano: más que proponer otro consenso, hay que negar el consenso, enseñar y airear el disenso. Concretamente me propongo aclarar muy brevemente el punto de vista liberal, centrándonos, más que en los argumentos morales esgrimidos (que son bien conocidos y que pueden rastrearse en la “libertad negativa” de Isaiah Berlin), en la justificación económica de la libertad individual, por ser la menos conocida y la peor interpretada.
Nos topamos, no obstante, con varios obstáculos graves, que tendremos que solventar muy por encima para pasar al tema que nos ocupa. El primer obstáculo es el de la esquizofrenia intelectual, el de la tiranía de las definiciones, el del trabalenguas de los términos y los juicios de valor: resulta que lo que los detractores de los liberales entienden por liberales (despectivamente llamados neoliberales, insulto que en el que se incluye una mezcla de pseudo-liberalismo económico, conservadurismo social y moral, materialismo, economicismo, imperialismo en política exterior, anti-laicismo, nacionalismo y subvenciones selectivas) no es lo que los propios liberales entienden por liberales (acepción con la que se auto-denominan posturas, por lo demás, muy diversas).
El segundo obstáculo es el de la incompletitud de la ciencia económica: a toda postura política, le es subyacente una teoría económica, una teoría explicativa del funcionamiento y las consecuencias de las interacciones económicas humanas. Sin embargo, a pesar de lo que muchas veces se cree, la ciencia económica es una de las ciencias sociales más jóvenes y heterogéneas, con un objeto de estudio difuso (¿dónde empieza y dónde acaba la economía? ¿Dónde empieza y dónde acaba la descripción del mundo económico como es y empieza la normalización del mundo económico como debería ser? ¿estudia la economía fenómenos naturales o constructos sociales?) y, además, con una metodología todavía impropia. Compiten en su seno varios paradigmas que ofrecen descripciones y prescripciones económicas totalmente distintas, e incluso incompatibles. Añadamos a esta circunstancia el hecho de que prácticamente no hay comunicación entre las escuelas, por lo que éstas acaban encerrándose en sí mismas y evolucionando al margen de las críticas o aportaciones de las otras, cosa que sería inadmisible en cualquier otra ciencia. La postura liberal no está asociada a una de estas escuelas en exclusiva; hay liberales dentro y fuera de la economía mainstream. Pero aquí nos centraremos en los argumentos de la llamada Escuela Austríaca, de nuevo por ser la menos conocida y la peor interpretada.
El argumento económico liberal parte del siguiente supuesto: la pobreza es el estado natural del hombre, por lo que lo que hay que explicar -lo que supone una novedad, un cambio a lo largo de la historia- es la creación de riqueza. La ciencia económica debe explicar cómo, partiendo de la condición económica básica del mundo, que es la escasez (en contraposición a la superabundancia), se crea riqueza y, más o menos paralelamente, se crea bienestar material e inmaterial (según la idea básica de la pirámide de Maslow o las revoluciones post-materiales de Inglehart).
Entonces, la pregunta-clave a desarrollar se impone: ¿cómo se sale de la pobreza?, esto es, ¿cuál es la mejor manera de crear riqueza (siendo la creación de dicha riqueza la condición sine qua non para empezar a plantearse el patrón distributivo)? Y más concretamente: ¿qué hace que unos países –por tomar el agregado más popular- se “desarrollen” y otros se queden estancados muy cerca de los puntos de partida? El origen de la riqueza es el tema de análisis alrededor del cual nació la ciencia económica como tal, y se han dado y se dan muchas tesis al respecto. Es importante notar, pues, que los disensos en este debate son puramente instrumentales: partiendo de un mismo objetivo humanista -analizar cómo se pasa de la pobreza a la riqueza, para implementar el tránsito-, compiten las tesis.
Más que descalificar a las tesis contrarias a las propias por “inmorales” o “intencionadas”, habría que discutir en términos de “corrección” e “incorrección” relativa. Y para ello hemos de recurrir a la teoría y la historia económica; obviar que el objetivo es el mismo, y aceptar que la cuestión está en el cómo lograrlo. Adam Smith aventuraba: se crea riqueza con normalidad allí donde se intensifica la división nacional e internacional del trabajo. Hoy las teorías son más sofisticadas (se habla de capital humano y la educación, se habla de cambio tecnológico, se habla de ahorro, se habla de acumulación de capital…) pero desde la Escuela Austríaca se insiste en que la clave sigue estando en la función empresarial: en facilitarla y que ella se desarrolle allí donde surja una oportunidad de beneficio, esto es, allí donde haya un desajuste entre lo que uno quiere y el otro ofrece.
La función empresarial es básica en tanto que no hay riqueza si no hay necesidades insatisfechas. Es la función empresarial la que conecta la necesidad con la forma de satisfacerla, y es la que queda sometida al incentivo del beneficio (sin perspectiva de beneficio, no hay acción empresarial, sino inercia o suerte).
La apuesta liberal es por lo tanto por la iniciativa privada. Subyacente, hay toda una teoría económica que indica que no hay forma de que las autoridades, desde sus torres de marfil, pueden conocer las necesidades de la gente: la iniciativa privada es la única capaz de “funcionar”, de “realizarse”, de captar las demandas, y sólo puede desarrollarse con naturalidad en un mercado libre (que no es sinónimo de “desregulado” sino, por el contrario, de regulado de tal forma que la distorsión en los incentivos individuales sea mínima). Esta es la principal idea que trató de transmitir Ludwig von Mises en los años treinta en el famoso debate del cálculo económico: el problema del socialismo –de la intervención social y económica en general- es el problema del, a otro nivel, wonderful theory, wrong species5: es un problema de infactibilidad, de imposibilidad pura. La intervención, sencillamente, no puede servir para los fines que supuestamente se propone, ya que la intervención siempre es ciega, siempre es desde arriba, una vez comprendemos la naturaleza de la información económica: información de naturaleza subjetiva (no objetiva como proponía Marx con su teoría del valor-trabajo) y, por lo tanto, no objetivamente medible ni centralizable. Y no existe, por suerte o por desgracia, una medida intersubjetiva del valor que pueda utilizarse al margen de los precios del mercado libre. Si los precios son intervenidos y se falsean, no reflejarán correctamente la interacción de demandas y ofertas y se producirán errores en cadena e ineficiencias, como pasa, sin ir más lejos, con los estraperlos propios de las economías autárquicas y el racionamiento propio de las economías de planificación central.
En definitiva, la primera lección consiste en aceptar que nadie, salvo los implicados en el intercambio mutuamente beneficioso, debería intervenir en él: porque no tiene interés en él, porque no es “parte” y porque no tiene información útil al respecto. Para salir de la pobreza, el primer paso es dejar a las personas intercambiar libremente (siempre hay algo que demandar y algo que ofrecer).
Este sencillo argumento se complica hasta llegar a la conclusión de que, además de un mercado libre que permita a las personas expresar sus demandas con respecto a sus rectas presupuestarias, son necesarias otras condiciones relacionadas para que pueda crearse riqueza: económicas, sociales y jurídicas. Pero de nuevo son las económicas las más desconocidas: división del trabajo y la consiguiente especialización, comercio (que es un juego de suma positiva, no de vencedores y perdedores) y, sobre todo, acumulación de capital, es decir, transferencia del ahorro hacia inversión (tanto nacional como internacional), allí donde quiera comenzarse un proyecto. Sin inversión, sencillamente no hay futuro, sólo presente, sólo consumo. La función de la liberalización es que fluyan los recursos y se amplíe el campo de acción. El ejemplo histórico lo tenemos muy cercano: en los años sesenta, cuando la economía española comenzaba a su apertura (como reacción al borde del colapso total), la primera necesidad fue la de captar el ahorro que nosotros no teníamos, en las remesas, el turismo y el capital extranjero.
En realidad la problemática de la creación de riqueza y la perpetuación de la pobreza es mucho más compleja y requiere de un enfoque, también, político y moral. Pero lo que los liberales reivindicamos es que la clave está en dejar a la gente organizarse como mejor crea, y en fomentar (o por lo menos permitir) el intercambio y las transferencias, pues relacionarse con el otro dándole algo a cambio es la mejor forma –probablemente la única forma- de suplir las carencias propias y de suplir el problema de la escasez de recursos y, sobre todo, de la escasez de tiempo (hecho que da lugar al fenómeno del tipo de interés). Reivindicamos, en definitiva, que la riqueza es un fenómeno económico, y no cultural: depende de variables-clave que pueden “activarse” (permitirse, dejarse desarrollar) en cualquier comunidad.
No hay forma de falsear lo que los individuos quieren intercambiar y por qué, y no hay forma de controlarlo. En eso consiste la interdependencia y la división internacional del trabajo: los que están excluidos de este juego multilateralmente beneficioso lo saben demasiado bien: ya llevan décadas perdidas en bienestar ahí fuera. El origen de la riqueza –y esta es la premisa de la teoría económica liberal- pasa por la libertad económica, igual de legítima y necesaria como cualquier otra libertad (política, moral, sexual, etc.). Los perdedores de la globalización económica –y ésta es la síntesis de la teoría económica liberal, aplicada al problema de la pobreza “crónica”- son justamente los que están marginados de participar en ella.
Artículo publicado originalmente en la revista Bostezo y en el Instituto Juan de Mariana.
