UNA REPÚBLICA EN LA QUE REINABA UN REY

17-4-10

Elentir

 

 

“Król panuje, nie rządzi”. Ésta es la traducción al polaco de una frase latina -”Rex regnat et non gubernat”- pronunciada hace más de cuatro siglos por Jan Zamoyski, canciller de uno de los estados más singulares de la historia de Europa: la Rzeczpospolita Obojga Narodów (en español, República de las Dos Naciones), fundada con la Unión de Lublin el 1 de julio de 1569, integrando al Reino de Polonia y al Gran Ducado de Lituania. Fue una nación muy peculiar que llegó a ser uno de los mayores y más populosos estados de Europa, una potencia de primer orden que perduraría durante más de dos siglos, para acabar desapareciendo -tras un largo declive- con la última partición de Polonia en 1795.

 

 

Una “democracia aristocrática” muy avanzada para su época

 

  La idea de que “el Rey reina y no gobierna” -que es la traducción de la frase latina pronunciada por Zamoyski- es hoy una forma habitual de explicar el funcionamiento de las actuales monarquías democráticas, pero entonces era un concepto muy revolucionario. Igual de infrecuente era la forma que tenía esta República de limitar la autoridad del monarca, la llamada “democracia de los nobles” presidida por el concepto de la Złota Wolność, o “Libertad Dorada”, que incluía no sólo una amplia autonomía y toda clase de privilegios y derechos para los nobles, sino también una serie de libertades para el pueblo que no encontraban nada parecido en la mayoría de los países de la Europa de su tiempo.

 

  Aunque este sistema era muy deficitario en términos democráticos si lo comparamos con las democracias que conocemos hoy en día, era algo mucho más avanzado que otras democracias que existían en su tiempo e incluso en épocas posteriores. Para que nos hagamos una idea, mientras en la República de las Dos Naciones el 10% de la población -los conocidos como “szlachta”- tenía derecho a votar, en la primera monarquía constitucional francesa (1830-1848) ese derecho sólo lo poseía el 1% de la población, y en el Reino Unido sólo el 3% en una fecha tan tardía como 1867. Además, hay que añadir que los “szlachta” no sólo elegían al Sejm (parlamento), sino también al Rey, al ser una monarquía electiva. El Rey, además, tenía muy limitadas sus competencias: no podía crear nuevos impuestos, ni ordenar levas en masa, ni declarar la guerra o la paz sin el visto bueno del Sejm.

 

 

Leyes de tolerancia religiosa e importante comunidad judía

 

  Además, las leyes de la República de las Dos Naciones promulgaban una tolerancia religiosa muy infrecuente por entonces. Hay que tener en cuenta que en ese instante, igual que ahora, Polonia y Lituania eran dos naciones en las que el Catolicismo había arraigado con fuerza, pero en ellas también existían importantes minorías de religión ortodoxa, luterana, judía y musulmana. La República de las dos Naciones fue, de hecho, uno de los pocos sitios de Europa en los que se dio una relativa paz y convivencia entre comunidades de distintas creencias en un continente sacudido por las guerras de religión.

 

  El caso judío es especialmente llamativo: habían sido expulsados sucesivamente de otros países europeos como Francia (1182), Inglaterra (1290), Austria (1421), España (1492), Sicilia (1493), la propia Lituania (1495), Portugal (1497), Navarra (1498)… Sin embargo, desde la fundación de la República de las Dos Naciones hasta su desaparición, este peculiar estado albergó la mayor comunidad judía del viejo continente: a mediados del siglo XVI el 80% de los judíos de todo el mundo vivían en Polonia.

 

 

Poseían un derecho que ni siquiera tenemos hoy en día

 

  Pero lo más insólito y revolucionario del sistema político de la República de las Dos Naciones es que tenían un derecho que ni siquiera existe en las democracias modernas. Al ser investido, el Rey tenía que firmar un contrato, los Artykuły henrykowskie (Artículos de Enrique, conocidos así por ser Enrique de Valois, primer Rey electo de Polonia y el primero en firmarlos). El contrato se componía de 21 artículos, el último de los cuales decía:

 

  “A jeśliby (czego Boże uchowaj) co przeciw prawom, wolnościom, artykułom, kondycjom wykroczyli albo czego nie wypełnili, tedy obywatele koronni obojga narodów od posłuszeństwa i wiary nam powinien wolne czynimy i panowania.”

 

  Me perdonaréis la exquisitez de copiar el original polaco, pero creo que es un texto tan precioso que debería formar parte de la legislación de todo estado democrático. Lo entenderéis al leer la traducción: “Si algo (qué Dios lo prohiba) es hecho por Nos contra los derechos, libertades, artículos o costumbres, entonces los ciudadanos de ambas naciones serían liberados de su obediencia y su fe hacia Nos”. O dicho de otra forma: el monarca reconocía el derecho a la desobediencia e incluso a la “rokosz” (rebelión) si él incumplía sus obligaciones como Rey. Para que un político actual firmase un pacto como éste habría que someterlo antes a una gran ingestión de aguardiente, me temo…

 

 

Una gran potencia que acabó dos veces borrada del mapa

 

  La máxima extensión de la República de las Dos Naciones dejaría pequeño a cualquier país actual de Europa, a excepción de Rusia y Ucrania. La parte polaca de la República se correspondía con la Polonia actual, salvo las regiones occidentales que el país se anexionó de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. A eso habría que añadir Lituania, Letonia, Bielorrusia, la mayor parte de Ucrania, la mitad sur de Estonia, el actual exclave ruso de Kaliningrado, la parte más septentrional de Moldavia y un pequeño cacho de Rumania. A pesar de alcanzar un dominio tan extenso, tanto la República como Polonia misma acabaron borradas del mapa en 1795, a causa de la anarquía en la que degeneró el sistema de democracia nobiliaria, un caos que aprovecharon las potencias vecinas para invadir el país y repartírselo.

 

  Se estima que a comienzos del siglo XVII esta República tenía 10 millones y medio de habitantes (en ese momento España, una potencia mundial, no llegaba a los ocho millones y medio). Tras la desaparición de la República, Polonia no volvió a aparecer en los mapas como país independiente hasta 1918, tras la Primera Guerra Mundial, volviendo a ser nuevamente sino la gran potencia de antaño, sí un estado con un poderío militar muy importante. Ese mismo año, los países antes hermanados en la República iniciaron una guerra entre sí, por la que Polonia se anexionó parte de Lituania, incluida su capital, Vilnius, permaneciendo ambos países en estado de guerra hasta que la invasión germano-soviética de Polonia volvió a borrar a ese país del mapa, cayendo Lituania en manos de las tropas de Stalin. Polonia volvería a existir como nación independiente tras la victoria aliada de 1945, pero Lituania tendría que esperar hasta 1990, tras la caída de la URSS.

 

 

Artículo publicado originalmente en el blog de Elentir.

 

Imagen: recreación moderna de los húsares polacos del siglo XVII. Eran la unidad de élite de la caballería pesada de la República de las Dos Naciones y el exponente más formidable de su poderío militar. Fueron muy conocidos por los dos característicos adornos de madera adornados con plumas de águila que ponían en sus sillas de montar, a las espaldas del jinete.

 


 

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