
PRECIOS, BANCA Y CINTAS DE VÍDEO
30-01-10
Daniel Ballesteros
La sencilla pero cierta teoría.
En un momento del tiempo “t” cada individuo dispone de unos ingresos determinados que destinar o bien a la compra de bienes y servicios o bien al ahorro. También dispone de un patrimonio acumulado mediante el ahorro propio o el ajeno (herencias y donaciones) y que tradicionalmente se denomina riqueza.
Para progresar en el análisis hemos de partir de un supuesto sencillo como puede ser el de un individuo sediento que sólo dispone de 100 um (unidades monetarias) en su cartera.
-En principio, cuando un individuo tiene sed, puede elegir entre multitud de alternativas de acción caracterizadas por circunstancias de lugar (en casa o en la fuente), tiempo (ahora o dentro de media hora), modo (en coche o en autobús) y materia (agua, colas, bebidas isotónicas, zumos...), cuya complejidad impide analizarlas en detalle.
-Si reducimos las alternativas de acción del individuo al hecho de consumir 5 envases de agua (en total 1 litro a un Precio de 5 um) o 5 envases de zumo (en total un litro a un Precio de 10 um), podríamos plasmar el proceso de elección gráficamente [1]:
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Las líneas de color nos indican el bienestar que el individuo prevé obtener del consumo de cada una de las botellas de zumo y de agua, expresándolo formalmente[2]:
Bienestarx= (Vx - Cx); siendo x una unidad de un bien o servicio.
Si sumamos cada una de esas líneas obtenemos el bienestar que el individuo prevé obtener del consumo de 5 botellas (1 litro) de zumo o de agua:
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Ambas magnitudes vienen representadas gráficamente por las líneas de color, siendo mayor (en este ejemplo) el bienestar inducido por el consumo de 1 litro de agua. El individuo (por definición el ser humano es racional) elegirá entonces consumir ese litro de agua.
Este mecanismo de elección se puede formular matemáticamente de un modo muy simple, si podemos determinar la cantidad de unidades de consumo y la expresamos como Q:
1º)Condición necesaria para que se plantee la realización de una acción “i”: Vi>Ci
2º)Condición suficiente para que el individuo prefiera la realización de una acción “i” frente a la alternativa “j”: (Vi-Ci)Qi>(Vj-Cj)Qj
La compleja pero cierta realidad.
El individuo siempre actúa siguiendo esos dos puntos, pero hay muchos ámbitos en los que le es difícil hacerse con información relevante y verdadera acerca de las decisiones que ha de tomar.
Por ejemplo, no es lo mismo elegir entre tomarse una copa o un zumo, que elegir entre contratar un fondo de pensiones u otro, o entre un coche de primera y otro de segunda mano. Si nos damos cuenta, no suele ser algo que hacemos todos los días por lo que carecemos de suficiente experiencia, además son decisiones bastantes complejas sobre las cuales la mayoría de los individuos no estamos especialmente adiestrados.
Por esta falta de experiencia y de conocimientos, la valoración individual acerca del bienestar que genera cada acción (esa diferencia (Vi-Ci)Qi de la que hablábamos antes) puede resultar errónea, haciendo que el individuo adopte cursos de acción que, sin saberlo, mermarán su bienestar. Hablamos por ejemplo, de pagar mucho más por un medicamento que por otro más barato y cuya eficacia es similar o, incluso, superior; o de adquirir un automóvil de segunda mano con una severa avería en vez de invertir ese dinero en otro automóvil de segunda mano con defectos menores. Evidentemente los precios de mercado no nos dirán nada, incluso nos pueden engañar (puedo ponerle un precio alto a un vehículo que es un cacharro sólo para que el cliente piense que es de mejor calidad, algo que se hace también con algunos productos de lujo).
Esto no significa que el ser humano sea irracional. Adoptar una acción óptima ex ante que resulta ser subóptima ex post (siempre en comparación con las demás alternativas ex ante) no constituye irracionalidad [3]. Ésta sólo se presenta si ante dos alternativas A y B, dominando A a B en virtud de sus preferencias individuales, el individuo adopta B.
Para hacer frente a esta incompetencia decisoria, los individuos disponemos del consejo de otros individuos especializados en esos ámbitos del conocimiento y por cuyo consejo hemos de pagar, pero ¿qué sucede cuando estos individuos tienen incentivos a engañarnos? Pues que las consecuencias pueden ser las mismas o peores incluso que cuando no tenemos consejero alguno.
El sector sanitario o la banca son dos ejemplos paradigmáticos de lo que sucede cuando quien vende sabe algo que el comprador desconoce (fenómeno llamado asimetrías informativas). Existen médicos y asesores bancarios, pero ambos pueden –y recalco “pueden”- tener interés en vender bienes o servicios que no necesariamente son los mejores y/o los más baratos. En el caso de la banca (no olvidemos que es un sector fundamental de la vida económica), los asesores son vendedores y pueden meter a mucha gente en negocios peligrosamente arriesgados, como por ejemplo, hipotecas que el consumidor no podrá afrontar ante una más que previsible caída de sus ingresos o productos de inversión que presentan elevado riesgo (basados en las hipotecas anteriores).
Las consecuencias pueden ser desastrosas, puesto que los precios no servirán para coordinar la libre acción individual, pudiendo abocar a la sociedad a una nefasta asignación de recursos que no tendría nada que envidiar a la que se realizaría en una economía soviética; y es que a veces los malos actos guiados por un egoísmo dañino equivalen a las cosas mal hechas guiadas por el altruismo más límpido.
La banca.
Ante tales circunstancias, ¿resultaría útil separar la banca de depósitos de la banca de inversión? La propuesta de Obama de resucitar la la ley Glass-Steagall parece ser una de esas medidas tan queridas por Franklin Delano Roosevelt y su corte de economistas socialistas, lo que la convierte en algo automáticamente odioso para un austroliberal, ¿pero realmente lo es?, quiero decir que es cara, pero ¿es realmente una ley socialista?
En el fondo esta ley trata de desincentivar la gestión no autorizada –y por tanto no informada- así como los conflictos de interés entre comprador y vendedor de un producto financiero. Respecto a lo primero, se trata de proteger los dineros de los depositantes, justo lo que la Escuela Austríaca pretende al reclamar un coeficiente de caja del 100% sobre los depósitos irregulares de dinero en los bancos. Y respecto a lo segundo, sabemos que existen conflictos de interés y que sólo existe una solución que es esta (en mi opinión, algo similar a la incompatibilidad entre funciones públicas y empleos privados dentro de la política). Con ello se reduciría la “gestión bandida”, reduciéndose a su vez el riesgo de quiebra en cadena del sistema bancario y la posibilidad de que reaparezcan corralitos financieros.
Quien quisiera invertir, debería entonces acudir a la banca de inversión y asumir los riesgos que se derivan de confiar en expertos en opciones y futuros, responsables de que en épocas de prosperidad a los economistas se nos tenga por adivinos virtuosos; pero cuya retribución depende de convencernos de comprometer nuestros ahorros en activos cuyo riesgo asociado nos es totalmente desconocido, lo que les hace responsables de que, en épocas de vacas flacas, se tenga a los economistas por tahúres avariciosos. Personalmente estoy seguro de que la banca de depósitos actuaría de una forma mucho más virtuosa y prudente si las leyes la despojaran de los incentivos perversos a meter al cliente en aventuras arriesgadas sin un consentimiento verdaderamente informado, algo que -repito- sucede sistemáticamente cuando está unida a la banca de inversión (para más información, recomiendo vivamente el libro Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos de Jesús Huerta de Soto).
[1] Los Vw y los Vj respresentan el valor subjetivo de cada envase adicional. Esto simplifica en gran medida el análisis, reduciéndolo a términos discretos que son los que una persona puede manejar (de todas formas el ámbito de cálculo suele limitarse a Q muy pequeñas de bienes, luego el análisis integral tiene poco sentido).
Por otro lado, el Coste no siempre es el Precio del bien. Es un coste de oportunidad, es decir, aquello a lo que se renuncia, que siempre es un valor subjetivo con un componente objetivo que es el precio. Este coste de oportunidad puede ser mayor o menor que el precio del bien dependiendo de las particularidades del individuo (baja preferencia temporal -preferencia por un hipotético consumo futuro, es decir, por el ahorro-, o bien una alta preferencia temporal –preferencia por un consumo presente, incluso pudiendo llegar al endeudamiento-). En nuestros análisis suponemos que el individuo es una persona neutra.[2] Cada unidad adicional consumida proporciona menor bienestar que la anterior, es la Ley de los Rendimientos Decrecientes.
[3] Una acción inadecuada al fin propuesto no produce el fruto esperado. La misma no se adapta a la finalidad perseguida, pero no por ello dejará de ser racional, pues se trata de un método originado en una deliberación razonada (aunque defectuosa) y de un esfuerzo (si bien ineficaz) por conseguir cierto objetivo. Ludwig Von Mises (La Acción Humana, Tratado de Economía, pg 25, 7ªEd. Unión Editorial Madrid 2004)
