LA CRISIS, EL MANIQUEISMO Y LA ESPECULACION (I)
22-03-10
Carlos Díez
Si usted quiere vender un producto y no obtiene los resultados deseados, una opción sensata es mejorar su producto y promocionarlo mejor. Menos lógico parece echarle la culpa a los compradores del producto, meterse con ellos, echarles en cara su falta de ética y moralidad y rozar el insulto. No, no estoy hablando del cine español (aunque muchos de sus integrantes también se comportan así), sino de nuestro Presidente y la deuda pública española.
El mercado de deuda pública, pese a estar intervenido como todos, no deja de responder a unas leyes básicas de mercado. Los estados presentan un producto -su deuda- que es valorado por los potenciales compradores. Igual que cuando compramos una barra de pan o un automóvil, los compradores evalúan las posibilidades de ver satisfechos sus intereses de la manera más rentable posible. Las evaluaciones más simples las realizamos de manera inmediata (escogemos una barra de pan en la panadería o supermercado según si nos gusta más crujiente o menos, por ejemplo) o bien ya las hicimos en el pasado y nos limitamos a convertirlas en rutina. Las evaluaciones más complejas (en el ejemplo, la compra de un coche) nos llevan mucho más tiempo, en ocasiones, meses de comparaciones y de recopilar información.
Los inversores en deuda pública atienden a las expectativas del emisor de esa deuda. Son profundamente objetivos, su ética es la de la rentabilidad propia y eso, lejos de ser un defecto, es una virtud. Buscan su interés legítimo: comprarán la deuda pública del país con mejores expectativas futuras. Este comportamiento es un poderoso incentivo al rigor financiero de las cuentas públicas de los países que quieren colocar su deuda. De no existir ese incentivo, ese interés legítimo de los inversores en deuda pública a comprar deuda de países saneados, los socialistas de todos los Gobiernos no tendrían ya ninguna traba a sus orgías de gasto público desaforado.
En la actualidad, el producto llamado "deuda pública española" tiene un hándicap promocional muy poderoso: el Presidente del Gobierno Español. Es curioso que la persona que debería ser la más interesada en la buena imagen de ese producto sea quien más hace para denigrarlo. Los mercados financieros hace ya mucho tiempo que dieron por descontada la ignorancia supina de Zapatero en materia económica, pero también creían que Solbes ejercería de "faja de seguridad" contra las decisiones del jefe del Gobierno español. Amortizado el ex-ministro de Economía y sustituido por la pretoriana Salgado, los inversores en deuda pública se preguntan hasta qué punto el equipo de técnicos del Ministerio de Economía puede contener las deletéreas decisiones de un presidente anclado tanto en su ignorancia como en su resentimiento.
Recientemente pudimos ver a la Ministra de Economía Elena Salgado y al secretario de Estado de Economía José Manuel Campa, promocionar la deuda pública española en la city londinense, asegurando la reducción del ciclópeo déficit público que nos hunde aún más en la crisis. Si ese anuncio tuvo algún efecto positivo en los inversores, se ha esfumado cuando menos de diez días después, también en Londres, Zapatero ha dicho exactamente lo contrario.
Y como cabía prever, ha tirado del manual del socialista caduco para justificar el desaguisado: la culpa es de los compradores de deuda pública, de los "clientes" potenciales del producto a vender, de los inversores.
¿Que usted no me compra lo que yo vendo? ¡Pues eso es que es usted una mala persona!
Es difícil hacer más el ridículo... pero lo conseguirá.
Para justificarse y como veremos en la próxima entrada, ha desempolvado las teorías conspiratorias sobre la maldad del capitalismo y a uno de los personajes más aparentemente odiados por los progres: el especulador.
Artículo publicado originalmente en la página de Carlos Díez.
Lea la 2ª parte de este artículo en LA CRISIS, EL MANIQUEÍSMO Y LA ESPECULACIÓN (II)
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