EL ELEFANTE DE ORO
29-11-10
María Blanco
Esta semana que acaba el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha protagonizado una cadena de declaraciones y matizaciones que han reabierto una vieja herida: la del oro.
El día 7 de noviembre Zoellick afirmaba que, a la hora de promover un nuevo acuerdo monetario internacional que sustituya a Bretón Woods, “…el sistema también debe considerar el empleo del oro como un punto de referencia internacional de las expectativas del mercado sobre la inflación, la deflación y los valores futuros de divisas”. Tres días después, el presidente del Banco Mundial, que participaba en una conferencia sobre proyectos de infraestructura organizada por el Gobierno de Singapur, se vio obligado a aclarar que no estaba promoviendo un regreso al patrón oro para los tipos de cambio, pero insistió en que las autoridades monetarias harían bien en reconocer al oro como “el elefante en la habitación”. Y añadió: “Los mercados ya están usando al oro como una alternativa de activo monetario dado que la confianza es baja, lo que indica que tenemos un problema que debe ser resuelto”.
La simple constatación de un hecho, que la confianza en el mercado financiero es baja y los inversores, de nuevo, se refugian en el oro, ha hecho saltar las alarmas de todos. Por un lado, las de aquellos que rechazan el sistema monetario fiduciario vigente y pretenden sustituirlo por alguno menos arbitrario. Por otro lado, las de quienes se apresuran a acusar a los primeros de soñadores utópicos, recuerdan los problemas del patrón oro del siglo XIX y enlistan los problemas de crecimiento que tendría como consecuencia una vuelta a patrón oro tradicional.
Efectivamente, el anclaje a un metal como el oro sin más es problemático porque no tiene una oferta que se pueda ajustar al crecimiento del comercio. En ese sentido, algunos analistas se plantean cómo se habría producido el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación si estuviéramos sometidos a las rigideces del patrón oro de antaño.
Por otro lado, los entusiastas del oro blanden la historia reciente como argumento. A pesar del persistente aumento del precio del oro en la pasada década, comparado con el valor del dólar, del euro (desde su creación), del yen y del yuán, el oro es el activo más estable de todos en el pasado siglo y lo que va de éste. Precisamente eso es lo que hace del metal amarillo el refugio de los inversores cuando la cosa pinta mal: no genera rendimientos en sí mismo pero es estable. Y eso, en los tiempos que corren es muy importante. No hay que olvidar que Zoellick ha sugerido considerar el oro como punto de referencia del mercado monetario internacional en medio de una situación complicada. Las tensiones en el mercado de divisas crecen. Mientras que la mayoría de los países se dan cuenta de que hay que mantener cierta disciplina cambiaria para mantener el equilibrio, China se niega a abandonar su política intervencionista. En un país en el que la intervención es la norma y el Partido Comunista Chino es el decisor supremo, es normal que si lo conveniente es mantener el tipo de cambio del yuan bajo para ser más competitivos, el gobierno no ceda a presiones occidentales.
Lo cierto es que la idea del viejo patrón oro se aleja bastante de la realidad y el mercado financiero va canalizando las demandas con respuestas nuevas a problemas nuevos. Cada vez aparecen más activos financieros respaldados con oro: por ejemplo, los Gold Bullion Securities (100% respaldado por lingotes de oro físico nominativos, custodiados por un depositario), futuros de oro, fondos cotizados sobre acciones mineras de oro y fondos cotizados de empresas propietarias de oro.
¿Y qué hacemos con nuestro deslucido sistema monetario fiduciario? ¿Cómo recuperar la confianza en un “mandato” internacional que debía habernos prevenido de toda gripe financiera?
Decía Adam Smith que una de las tareas del soberano era la de respaldar un sistema de justicia que asegurara la vida, la propiedad y el cumplimiento de los contratos. Tal vez con eso simplemente baste como punto de partida. Constatada la enorme dificultad de que los acuerdos internacionales se cumplan, cedamos el sitio a los contratos y liberemos la moneda. Devolvamos al Tesoro la facultad de emitir y eliminemos esa función de los bancos centrales. Si se permite que cada cual emplee la moneda qué más confianza le inspire sobrevivirá la más fuerte, la mejor respaldada. Y en esa situación, probablemente la que tenga al oro como referente último se llevaría el gato al agua.
Artículo publicado el domingo 14 de noviembre en el suplemento Mercados de El Mundo.
COMPARTE ESTA ENTRADA POR MAIL O REDES SOCIALES









Escribir comentario
Comentarios: 0