“EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO” (EN PERSPECTIVA DE LA ESCUELA AUSTRÍACA DE ECONOMÍA)

10-03-10

Mauricio A. M. Vázquez

 

 

Comencé a leer “El Guardián Entre el Centeno” días atrás por recomendación de una amiga personal. Debo reconocer que es una novela atrapante. En horas ya llevaba leído poco menos de la mitad.

 

Con un lenguaje simple, extremadamente coloquial (la traducción al español refleja con bastante éxito este recurso del autor), Salinger logra una atmósfera íntima en donde los pensamientos de Holden Caulfield (un adolescente neoyorquino, atravesando una profunda crisis) se vuelven parte de los del lector, conforme se avanza en un proceso de descubrimiento mutuo, rico en situaciones comunes y cotidianas que logran ser resaltadas a hechos de importancia, por los profundos efectos que producen en un adolescente excedido en sensibilidad y contradicciones.

 

Sin ánimos de dar más detalles de los necesarios, podría decirse que “El Guardián Entre el Centeno” es una novela iniciática, en la que el joven Caulfield comienza a atravesar, entre la niebla propia del desconocimiento, esa vaga y confusa frontera que separa la adolescencia de la adultez; y lo hace, como muchos de nosotros alguna vez, en el contexto terriblemente demandante de una crisis personal producto de haber sido expulsado (nuevamente) de su colegio secundario, de estar lejos de su familia, de no tener un rumbo claro para su vida, de no haber logrado relaciones de amistad sólidas o, cuando menos, gratificantes, y de no haber superado (si es que tal cosa puede ser posible) la muerte de su hermano menor.

 

En ese contexto, Holden abandona a mitad de la noche (metáfora profundamente acorde a la situación) su colegio, en un rapto de pasión desbordada, y comienza un viaje errático en donde el despilfarro de dinero, los rumbos contradictorios, el riesgo innecesario, el desconocimiento y los errores, no dejan de estar presentes ni un solo segundo.

 

Debo confesar que a veces me aterra el descubrir hasta qué punto algunos paradigmas condicionan el modo en que observamos la realidad. Cuánto dejamos de percibir por estar imbuidos en ciertas matrices de pensamiento y no en otras. Desde ya que estoy consciente de las advertencias de Karl Popper en ese sentido, pero aún así resulta inevitable.

 

Digo esto porque llevaba más de media novela leída y no podía parar de pensar en que Holden actuaba irracionalmente. Una y otra vez, en cada situación en la que el personaje se enfrentaba con el error, con la ineficiencia, con las malas decisiones, con el despilfarro, no podía evitar sonreír y pensar que sus acciones respondían a la irracionalidad propia de un adolescente.

 

Sin embargo, en cierto momento, me encontré debatiendo en un soliloquio mudo, con otro encuadre mental que intentaba advertirme que no estaba comprendiendo la novela en su justa medida y fue entonces cuando recordé algunos descubrimientos que realicé al terminar una tesina, años atrás, sobre los avances de la neuroeconomía y la neurología congnitiva y la progresividad del programa de estudio de la Escuela Austríaca de Economía (a continuación cito algunos fragmentos de esa investigación).

 

Excede a este breve artículo el hacer una genealogía completa del concepto, pero podríamos decir que en el contexto del modelo neoclásico, el Homo Œonomicus se convirtió en el arquetipo del hombre racional; cuya característica principal es su supuesta capacidad para tomar decisiones eficientes, abstrayendo cualquier tipo de influencia de pasiones, “[…] fenómenos mentales, intenciones, deseos y creencias, y de otras características tales como el sexo, la raza, edad; por tanto, carece de toda valoración originada en el contexto. (Leriche Guzman, Caloca Osorio, 2005: 102).

 

Así, el Homo Œonomicus, es postulado como una especie de máquina que recibe datos del mundo exterior, que interpreta esos datos, y que luego decide en función de estos, logrando en el proceso un grado de eficiencia supremo, que pasó a llamarse “maximización”. Junto a esta eficiencia, el postulado del Homo Œonomicus, también supone, entre otras características, una coherencia lógica extrema, que se traduce en la ausencia total de contradicciones al momento de elegir.

 

Lo cierto es que la Teoría Neoclásica, parte del supuesto de un mercado en Equilibrio, para luego, mediante aportaciones ad-hoc, comenzar a acercarse a la realidad. Esta es la manera en que la ortodoxia económica ha trabajado, desde los comienzo de su ciencia, a mediados del Siglo XIX. Y más allá de los aciertos o desaciertos que esta metodología puede haber provocado, en esta ocasión el hacer una valoración epistemológica de esta concepción del Equilibrio quedará inevitablemente fuera de nuestro alcance.

 

Sin embargo, lo importante para este artículo sí será el señalar, que bajo esta concepción de un mercado que se encuentra siempre en equilibrio (salvo en los casos contemplados por las proposiciones ad-hoc), se presupone un ser humano con las características atribuidas al Homo Œonomicus.

 

Sería tal vez tedioso, el tener que enumerar todas las condiciones que están supuestas dentro de un mercado siempre en equilibrio, pero a los efectos de nuestra investigación, lo relevante es que este tipo de modelo presupone lo que se conoce como Conocimiento Perfecto, y este tipo de conocimiento, solo podría ser alcanzado, por un ser humano provisto de las virtudes supuestas del modelo ideal de Homo Œonomicus. De la siguiente manera, ilustraran este hecho, Krause, Zanotti y Ravier:

 

“Así parece haber actuado sobre muchos economistas, cuyos análisis se han centrado en este modelo en el cual no existe ninguna imperfección. El problema, sin embargo, es que tal modelo demanda unos supuestos tan inexistentes que dicho mundo solo sería factible con dioses, no con seres humanos […]” (Krause, Zanotti, Ravier, 2007:119)

 

De aquí en más, y siguiendo a Zanotti, llamaremos al postulado de racionalidad supuesto para el Homo Œonomicus, como Racionalidad en Sentido Restringido (RSR), en oposición a la Racionalidad en Sentido Amplio (RSA), que desarrollaremos luego.

 

Concretamente, la RSR implica:

 

  • Que el individuo actúa siempre logrando la correcta y eficiente asignación de medios con respecto al final que ha elegido. Esta es la característica principal y más reconocida de la racionalidad presupuesta para el Homo Œonomicus.
  • Que el agente racional consta de toda la información disponible y/o ha considerado a la información de la que no dispone, simplemente como un costo más.
  • Que efectuará siempre acciones de maximización monetaria, es decir, “comprará en el mercado más barato en situación de igual calidad y riesgo y venderá en el más caro en situación de igual calidad y riesgo. (Zanotti, 1993:58)

 

Llegados a este punto, creemos que la pregunta decanta por propio peso: ¿Se comporta el ser humano según lo postulado por el principio de maximización? Bueno, como tantas otras, la respuesta a esta pregunta depende del paradigma en el que nos hayamos inmersos.

 

Podríamos empezar diciendo que la Escuela Austríaca de Economía (EAE), está sumamente influida por una concepción antropológica del ser humano que se deriva en gran medida de la Escuela Escocesa.

 

Siguiendo a Ezequiel Gallo , podemos afirmar que la gran contribución de la Escuela Escocesa, fue el haber señalado que ciertos procesos, e instituciones humanas, se han formado independientemente del deseo deliberado de los hombres. De allí, la famosa frase de Ferguson: “The result of human action, but not of human design”. Este descubrimiento, dirá Gallo, echó luz sobre las hoy conocidas como, consecuencias no queridas de la acción, y simultáneamente, ayudó a crear dentro de esta escuela, una concepción del hombre, cuyo intelecto y razón, son difusos, esporádicos, y sumamente limitados. (Gallo, 1988:3)

 

Para el máximo exponente de la EAE, Ludwig Von Mises, la acción humana racional, significa algo muy distinto a todo lo que hemos visto hasta el momento, de la mano de la Escuela Neoclásica. Para Mises, “[…] la acción humana es concebida como el intento deliberado de sustituir un estado de cosas menos satisfactorio por otro más satisfactorio”. (Mises, 1949:13;40)

 

Desde este punto de vista, que la acción humana sea racional, solo implica que el ser humano actúa por un fin, y que en función de ese fin, dispone los medios que cree convenientes. Por definición, dirá Mises, esos medios son siempre escasos, y por ende, el individuo realizará un ordenamiento prioritario de sus fines, con la intención de satisfacer sus deseos.

 

Lo más importante para nosotros, y lo particular de este paradigma, es que para la EAE, la Acción Racional, bajo ningún punto de vista implica Eficiencia:

 

“Racional no implica que se asignan con perfecta eficiencia los medios escasos con referencia a los fines prioritarios, teniendo perfecta y completa información, sino que, en la concepción misiana, implica que se asignan medios a fines, en medio del posible error en cuanto a la asignación y la incertidumbre respecto al conocimiento de los medios y los fines, dada la limitación del conocimiento humano” (Zanotti, 1993: 16)

 

A esta concepción de racionalidad, es a la que llamaremos en adelante, Racionalidad en Sentido Amplio (RSA), en contraposición a la RSR, que definimos anteriormente, y en resumen, sus presupuestos principales, parafraseando a Zanotti, son:

 

  • Toda conducta racional está condicionada por el error, teniendo en cuenta el presupuesto de limitación del conocimiento humano.
  • Toda conducta humana, dado el presupuesto de limitación del conocimiento humano, y dada la acción libre de las otras personas, se plasma en un contexto de incertidumbre.
  • Toda conducta humana, por lo tanto, implica cierto grado de ignorancia; ignorancia que no es solo el desconocimiento de algo que se sabe que no se sabe, sino de algo que no se sabe que no se sabe.
  • Teniendo en cuenta todo lo anterior, toda conducta humana se encuentra predispuesta a la posibilidad del descubrimiento de otras posibilidades de acción, dado el presupuesto conjetural de la inteligencia humana.
  • Ninguna conducta humana, entonces, asigna medios dados a fines dados, sino que asigna libremente medios que deben descubrirse a fines libremente elegidos y que también deben descubrirse. En ningún momento se presupone eficiencia alguna en la acción. (Zanotti, 1993:59;60)

 

Una vez que pude recordar todo lo anterior, la novela de Salinger comenzó a cobrar otro sentido. Holden Caulfield ya no se me aparecía como un adolescente irracional, sino por el contrario, como un simple ser humano inmerso en una situación crítica, desfavorable, dolorosa, mas profundamente guiado por la voluntad de salir de ella; de avanzar hacia una situación mejor.

 

¿Es ese avance el resultado de acciones eficientes? Bueno, claro que no. Holden sale a enfrentar la vida esa noche en el pleno ejercicio de su libre albedrío, con toda la voluntad de alcanzar un mayor grado de satisfacción, pero sin el conocimiento de los “cómo” o los “cuándo”. Simplemente se deja guiar por impulsos, muchas veces contradictorios, muchas veces perjudiciales (a posteriori) pero siempre con la firme voluntad de mejorar su situación presente. En tal sentido, Holden explora a tientas un mundo que aún no comprende, que le es ajeno, que muchas veces lo hiere y lo rechaza pero lo hace en todo momento de manera profundamente racional (si aceptamos el concepto de racionalidad en sentido amplio men cionado anteriormente).

 

Hay mucho más que podría decir de esta novela; de este clásico de la literatura norteamericana, pero creo que ha llegado el momento de callar y solo sugerir su lectura. Como Holden, cada uno de quienes penetren en sus páginas encontrará algo diferente; irá explorando los párrafos venideros y descubrirá un mundo ajeno (el de Salinger; el de Caulfield), pero enormemente similar al propio; al de la constante persecución de la felicidad que hacemos todos, en este contexto de incertidumbre en el que desarrollamos nuestra humanidad, cada día.

 

 

 

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