Thomas Malthus Thomas Malthus

 

EL ETERNO RETORNO DEL MALTUSIANISMO II

16-12-09

Carlos Diez

 

 

 Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

 

    Mariano José de Larra.

 

 

 

 

 

CAUSAS SOCIALES Y PSICOLÓGICAS DEL RECONOCIMIENTO SOCIAL DEL NEOMALTUSIANISMO

 

 

  La visita de Ehrlich a nuestro país se debe a la concesión del V Premio Ramón Margalef en Ecología de la Generalitat de Catalunya, entregado personalmente por José Montilla, presidente de la comunidad autónoma catalana. El entomólogo especializado en lepidópteros ha recibido hasta una quincena de premios, algunos de gran prestigio como la Medalla del WWF, el Premio Jhon Muir del Sierra Club o el Premio Crafoord de la Real Academia Sueca de las Ciencias (la misma que otorga los Nobel), considerado el premio más importante en materia de Ecología. Lea aquí la primera parte del artículo: EL ETERNO RETORNO DEL MALTUSIANISMO II

 

  ¿Cómo es posible que un hombre que predijo la muerte de decenas de millones de estadounidenses en la década de los setenta sea tenido tan en cuenta? ¿Cómo es posible que alguien que nos “avisó” de un Apocalipsis sin precedentes que lleva teniendo más de treinta y cinco años de retraso mantenga tanto prestigio? Es difícil encontrar un personaje tan premiado y considerado que haya hecho más el ridículo con sus predicciones.

 

  Considero que existen varios factores que apoyan a profetas pseudocientíficos de este tipo. El primero es el propio gusto de la Humanidad por la profecía. Nada causa más miedo que lo desconocido y nada es más inasible que lo que está por llegar. Al predecir, establecemos (o eso creemos) áreas de luz sobre la abismal oscuridad del porvenir. Todos caemos en esa tentación. La materia económica es singularmente propensa a dicha actividad (y a fallar). Desde los oráculos hasta Krugman, desde los arúspices hasta los brotes verdes, pasando por el tarot, los posos del café, las formas de las manchas de la piel, Nostradamus y los místicos, la profecía ha sido parte de todas las culturas, de todas las literaturas, de todas las sociedades y de todas las mentes. Los libros proféticos de la Biblia son revisitados e interpretados hasta la extenuación por buscadores de mensajes, más o menos creyentes, más o menos extravagantes. Ante un mundo plagado de profetas, místicos o “científicos”, la única manera de destacar es adunando profecía con un mensaje impactante. Y nada más impactante que el fin de los tiempos.

 

  El segundo elemento a tener en cuenta es la disposición psicológica de las personas a creerse protagonistas de la Historia más que ninguna otra generación precedente o futura. Parte del fundamento religioso es que proporciona al creyente el sentirse “elegido” por un ente superior, ya sea a nivel individual o como integrante de un colectivo escogido de entre el común de los mortales. La visión egocéntrica de la realidad lleva a todas las generaciones a creerse en un punto de inflexión histórico y sin precedentes. Determinadas casualidades (generalmente derivadas de convenciones sociales como los calendarios) catalizan ese protagonismo alrededor de creencias apocalípticas. Pasó con el milenarismo en el año 1000, también en el 2000 con un cierto aire tecnológico por el famoso efecto 2000. Toda civilización fantasea, movidos por un sentimiento de atracción y terror, con su propia destrucción. Podemos comprobarlo en los recurrentes estrenos cinematográficos cuyos guiones siempre se enganchan a la excusa más burda y acientífica con tal de darnos una nueva entrega de lo que ya se considera subgénero o incluso género (cine de catástrofes).

 

  Este gusto por la profecía acompañado del egocentrismo y a la paranoia de un final que suele ser una especie de castigo a la soberbia humana, se extiende por todas las ramas culturales y científicas de nuestra civilización. La economía no iba a ser una excepción. La ecología, aún menos. El concepto de culpa implantado por varias religiones puede rastrearse desde el mito de Prometeo, la Atlántida, las recurrentes menciones a una supuesta Edad de Oro pretérita y perdida por la maldad de los hombres (proyección colectiva del mito del Paraíso Terrenal) e incluso leyendas aparentemente menos colectivas como la judía de la creación del Golem. Ahora se encarna en el ecofascismo más paranoico. Es una nueva amalgama de creencias que se basan en lo mismo: somos culpables y pereceremos por nuestros errores. Pero para que los ateos, agnósticos y los creyentes “de baja intensidad” traguen con el planteamiento, debe envolverse el mito con algunas capas de cientificismo.

 

  Por increíble que parezca, para mucha gente, la idea de ser testigos del Apocalipsis es menos espantosa que la idea de pensar que sólo somos unos testigos irrelevantes del pasar de la Historia, y que los días y las noches seguirán rodando sobre la Tierra con la misma perseverancia después de nuestra muerte, como lo hicieron antes de nuestro nacimiento. La tentación de ser protagonistas, de vivir lo que no vivieron otros, de que no haya otros tras de nosotros, en definitiva, de no ser “unos más, tan olvidables como los que nos precedieron”, es demasiado fuerte y atractiva para una gran parte de la Humanidad.

 

Esto explica, a mi entender, el gusto por estas tesis tan recurrentes como reputadas falsas. Pero, ¿qué explica que también parte de la comunidad científica las adopte? ¿Cómo se explica que alguien a quien la realidad ha desmentido de forma tan contundente reciba tantos premios?

 

 

 

ERROR ANTROPOLÓGICO DEL MALTUSIANISMO:

 

  Desgraciadamente, me temo que se debe a una cuestión de poder. Las tesis de Ehrlich sirven para reforzar la prevalencia del Estado. Ehrlich se especializó en mariposas. En su mundo de entomólogo,  debería haber apreciado que algunos animales crean sus propios recursos. Así lo hace, por ejemplo, el gusano de seda, también la araña que teje su tela. En otro orden zoológico, los pájaros construyen sus nidos y numerosos mamíferos sus madrigueras. Usan su trabajo y los escasos y aparentemente inútiles objetos que encuentran en la naturaleza para mejorar su “calidad de vida” con una intención instintiva: intentar asegurar su descendencia.

 

  Sabemos de las presas fabulosas que son capaces de edificar los castores. Los nidos de las cigüeñas que sirven de colofón espléndido a tantas torres y pináculos de Castilla (y de toda España hoy en día) llegan a pesar media tonelada. Insectos que individualmente son insignificantes, como una hormiga o una abeja, son capaces de insertarse en un orden superior para dar lugar a colonias prósperas y complejas. También las bandadas de pájaros, las manadas de herbívoros como gacelas, búfalos o incluso elefantes, los bancos de peces o las asociaciones de predadores como los lobos agrupados en manadas, demuestran una inteligencia nada desdeñable. Y todos ellos son muy inferiores al ser humano, cúspide de la creación para los creyentes, perla de la evolución para los ateos.

 

  Los neomaltusianos desprecian la inteligencia humana. Como dice el profesor Jesús Huerta de Soto, Malthus falló al categorizar las poblaciones humanas como si fueran poblaciones de roedores, incapaces de detectar a tiempo los problemas, plantearlos y alcanzar soluciones que les dejan en posiciones aún mejores que las previas a aparecer el problema. Hobbes acuñó el dicho de que la necesidad es la madre de la invención. De ser una especie ociosa y que no tiene que procurarse su sustento, como los eloi de la novela “La máquina del tiempo” de H. G. Wells, jamás habríamos llegado a los grados de progreso, desarrollo y tecnología actuales. Las poblaciones animales son incapaces de sobreponerse a graves variaciones de su entorno; en ocasiones los hombres también han perecido, pero es algo más propio de las Edades del Bronce que de los últimos dos mil quinientos años. Si algo nos caracteriza es la constante y consistente pretensión de sobrevivir y dejar a nuestros descendientes un mundo mejor.

 

 

CONEXIONES ENTRE MALTUSIANISMO Y SOCIALISMO:

 

  Pero las soflamas apocalípticas de los neomaltusianos siempre presentan como irrevocable la concesión a los poderes públicos (cuanto más supraestatales y alejados del individuo, mejor) la posibilidad de ordenar la vida de las personas. Por eso no es de extrañar que estos personajes sean premiados por políticos y entidades de ideología colectivista. Sus profecías fomentan la desconfianza en el individuo y presentan como esperanzadora la ablación de las libertades perpetrada por el Estado o sucedáneo. Este es uno de los motivos por lo que sus necedades desmentidas por la realidad aún tienen tanta repercusión: porque son políticamente útiles.

 

  Además, parten de una idea próxima al socialismo: la desconfianza acerca de la propiedad privada. El maltusianismo habla en todo momento de los recursos como algo previo a la actividad del hombre (ya hemos visto que este es el error inicial). No considera a los recursos naturales como una res nullius que el hombre ocupa y convierte en su propiedad privada, sino que considera que existe una propiedad previa sobre el recurso natural, ¡previa incluso a la acción o inacción humana! El titular de esta propiedad sólo puede ser, por tanto, un ente colectivo (adivinen cuál). Lógicamente, con esa premisa, el uso, aprovechamiento y gestión de ese recurso no debe ser informado por los agentes económicos privados concurrentes en un mercado libre, sino que viene determinado por ese ente colectivo fantasmagórico que es capaz de ser propietario sin actividad humana que convierta la cosa en recurso.

 En vez de pensar que los recursos los crea y genera el hombre al apropiarse de ellos con su trabajo y poniendo a funcionar su intelecto, se socava la creencia en la propiedad privada y en que cada uno es legítimo propietario del fruto de su esfuerzo. Se erige la idea de que el recurso es previo a la intervención del hombre, basándose en argumentos supuestamente científicos, pero de ciencias equivocadas (el petróleo se forma hace millones de años, por lo que el hombre nada tiene que ver), olvidando que el petróleo empezó a ser recurso hace muy poco en lo que a los andares del hombre por el planeta se refiere. No se ve al petróleo (u otro recurso “natural”) desde un punto de vista económico sino químico y por tanto se yerra al verlo como algo independiente de aquél quien tiene que hacerlo útil: el hombre.

 

  Me gustaría llamar la atención al lector sobre las consecuencias totalitarias que esta visión acarrea. Una vez asumido el erróneo concepto de recurso natural y titularidad pública de su propiedad, no sólo desaparecen los incentivos a la iniciativa privada y se generan incentivos a la corrupción sistemática (a “arrimarse” al poder público para poder obtener aprovechamiento de la gestión de esos recursos), sino que se instala en la población una peligrosa creencia de pertenencia de los recursos.

  Es de justicia que quien trabaja con acierto obtenga los frutos de su esfuerzo, también en el aprovechamiento y gestión de los recursos naturales. Pero el hermanamiento entre el catastrofismo maltusiano y la negación de la propiedad privada típicamente socialista, produce que el elemento personal del ente colectivo titular de la propiedad del recurso natural se considere dueño de dicho recurso.

 

Ad exemplum:

 

  El ente colectivo por antonomasia es el Estado. En España, el Estado es propietario de los recursos naturales que yazgan en el subsuelo (minas, acuíferos, bolsas de gas, depósitos de hidrocarburos e incluso vestigios arqueológicos). Una empresa minera no es realmente propietaria de las minas, sino que gestiona una concesión administrativa. Eso lleva a que los españoles entiendan que cualquier recurso natural les pertenece aunque no hayan hecho absolutamente nada para gestionarlo y rentabilizarlo. De hecho, este planteamiento de la titularidad estatal sobre los recursos informa la mayoría de las Constituciones de nuestro entorno político y cultural (también la nuestra).

 

  Cualquier ciudadano extranjero que inmigre al país y comience a rentabilizar cualquier recurso natural, puede ser acusado de estar vampirizando algo “que les pertenece a los españoles” (aunque estos no hayan sabido utilizar esa pertenencia).

 

  La idea apocalíptica del agotamiento de los recursos fomenta la visión nacionalista de la “riqueza del país” y pone una alfombra roja a los sentimientos xenófobos. Por esta causa el maltusianismo es tan querido en países poco industrializados donde el socialismo acusa a las multinacionales extranjeras de robar los recursos nacionales, porque el concepto de propiedad se vincula a la mera pertenencia al Estado y no al trabajo. Se desincentiva el trabajo eficaz y se premia el mero hecho de haber nacido en un sitio. Esta visión subyace en los movimientos anti-globalización.

 

  Si trasladamos este pensamiento realmente primitivo a varios ámbitos, vemos aquí una clara conexión entre el socialismo que usa a los neomaltusianos de báculo y numerosos movimientos xenófobos y nacionalistas. Ejemplo claro es Francia. En este país, los votantes de Lepén no salen de la burguesía ni de las clases pudientes, sino de los obreros y “proletarios” que se ven amenazados por la mano de obra extranjera, de la que consideran que viene a apropiarse de los recursos franceses. No se reconoce el trabajo de esos inmigrantes, se les acusa de vampiros de la riqueza francesa, como si esta surgiera del suelo igual que germina el césped, en vez de salir del trabajo; trabajo que realizan mentes y manos tanto francesas como de cualquier otra nacionalidad.

 

  Esta unción de elementos fascistoides y socialistas no supone novedad alguna para los liberales que ya saben de la íntima relación entre socialismo y fascismo.

 

  Este socialismo nada soterrado infecta las argumentaciones ecofascistas y neomaltusianas. Por eso es tan caro a los políticos enemigos del libremercado.

 

  Dios (o la evolución) los cría; ellos se juntan.

 

Lea aquí la primera parte del artículo: EL ETERNO RETORNO DEL MALTUSIANISMO I: ASPECTOS ECONÓMICOS

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