Paul R. Ehrlich Paul R. Ehrlich

EL ETERNO RETORNO DEL MALTUSIANISMO ( I ): ASPECTOS ECONÓMICOS

8-12-09

Carlos Díez

El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son. 

 

Tito Livio.

 

 

 

  Más que preguntar por qué siempre vuelven las pesimistas profecías del maltusianismo,  habría que indagar si alguna vez llegaron a irse. Estas creencias alternan periodos de presencia escasa con otros de gran resonancia y estruendo mediático. Desde hace varios años estamos en uno de estos y ejemplo de ello son las recientes declaraciones de Paul Ehrlich, el entomólogo metido a ecólogo, economista, sociólogo, demógrafo y -en fin- “todólogo”. Ehrlich (que significa “sincero” en alemán), queriendo defender sus tesis sobre la necesidad de controlar la población para atenuar (que no evitar) una catástrofe de proporciones bíblicas, soltó la siguiente perla sobre España:

 

"Piense en España. Tiene un 20% de paro. Con un 20% menos de población vivirían mucho mejor"

 

 

  El sincero Ehrlich exhibe así sus profundos desconocimientos económicos. El dislate ha sido ampliamente comentado y derruido en la blogosfera liberal, así que no abundaré en obviedades que los lectores de este espacio conocen ampliamente. Huelga decir que asimilar el porcentaje de población desempleada con el porcentaje de la población supuestamente sobrante es una falta de respeto y una crueldad hacia los condenados a la lacra del paro. Asimismo, ignorar el paro adicional que generaría la descomunal contracción de la demanda que supondría el descenso de la población en una quinta parte, supone mostrar una falta de conocimientos básicos sobre la realidad económica que incapacitan a este señor para hablar de estos temas con autoridad.

 

  Sobre sus predicciones siempre erradas ya se ha escrito mucho y bien, recordando la reveladora (y no exenta de jocosidad) polémica con Julian Simon y la apuesta que el neo-maltusiano perdió escandalosamente acerca de la evolución de los precios de las materias primas en la penúltima década del siglo pasado.

 

  La tesis de “siendo menos estaremos mejor” supone un problema aún más espinoso: escoger qué grupos de población son categorizados como sobrantes. En la torpísima frase de Ehrlich aparecen subrepticiamente señalados los desempleados, como si fueran culpables de su situación (algo discutible en algunos casos pero nunca generalizable) y obliterando la evidencia de que todos podemos ser desempleados en un momento dado. Parece sugerirse por tanto que los sobrantes serían aquellos que no aportan a la sociedad, pero entonces más que a los parados podría señalarse a los jubilados, los enfermos crónicos, las personas dependientes, incapacitados, etc.

 

  Para colmo, aunque Ehrlich no concreta directamente quién debería tomar estas polémicas decisiones, su mención (en el artículo enlazado) a la ONU aporta esa visión de paroxismo estatista de un Gobierno Mundial que se imponga a los nacionales. Una vez conferido ese poder al Estado nacional o supranacional, se corre el riesgo de que ese órgano decisor entienda que unas profesiones son mucho menos útiles que otras. Por ejemplo, desde una visión práctica parece difícil negar que los poetas son menos útiles que los médicos, los caricaturistas menos necesarios que los ingenieros, los músicos menos imprescindibles que los albañiles y los diseñadores de videojuegos menos esenciales que los profesores y los arquitectos.

 

  Los maltusianos se defienden respondiendo que ellos no aconsejan la eliminación de las personas vivas, sino la reducción drástica de la natalidad. Menos mal. Sólo faltaría. Pero el no ser un genocida no puede ser defensa seria de una doctrina económica, sino premisa básica de cualquier argumentación que pretenda el avance de la Humanidad. El bucle del razonamiento neo-maltusiano siempre para en el mismo sitio: la restricción (cuando no eliminación) de la libertad para tener hijos. Eso sí, “por nuestro bien”. Finalmente, confluye en este aspecto con otras ideologías liberticidas.

 

BREVES ANOTACIONES SOBRE MALTHUS.

 

  Sería un error condenar a Thomas Robert Malthus a la hoguera por los errores que quizá cualquiera en su situación hubiera cometido. Tan grave error como seguir enarbolando las argumentaciones que concibió y que se han demostrado falsas en tantas ocasiones. Pese a ello, Malthus fue realmente un gran economista en su tiempo. Fue uno de los depuradores del sistema clásico erigido por Adam Smith, bregó por darle pulcritud terminológica y empírica a la ciencia económica y mantuvo apasionantes discrepancias con David Ricardo. Relevantes (independientemente de su acierto) son sus acotaciones a la Ley de Say, postulando la posibilidad de una sobreproducción general. Este riesgo, según Malthus, podría ser combatido estimulando el intervencionismo estatal para que trabajadores sin empleo fueran ocupados en obras públicas. Tenemos aquí un rudimentario pero claro precedente del keynesianismo y su fe en los efectos beatíficos del incremento de la demanda agregada vía aumento del gasto y déficit públicos.

 

  También se apartó del paradigma clásico de su tiempo al defender los aranceles recogidos en las Leyes de Cereales de la época. Ambas discrepancias con el pensamiento económico por entonces dominante se deben a la particular percepción del crítico panorama económico y demográfico surgido tras las Guerras Napoleónicas. La creencia de que Inglaterra, por su insularidad, no podía depender de las importaciones por el riesgo que entrañaría de darse otra situación bélica, hicieron de Malthus ese moderado defensor de la política arancelaria.

 

  Pero su doctrina más importante y por la que ha pasado a la historia se expone en el “Ensayo sobre el principio de la población” (cuyo mastodóntico título original es “Un ensayo sobre el principio de la población, en cuanto afecta a la futura mejora de la sociedad, con observaciones sobre las especulaciones de Mr. Godwin, M. Condorcet y otros autores”).

 

  Malthus pretendía responder al utilitarismo de Godwin, un abolicionista de la propiedad privada y partidario de la propiedad social de la tierra que consideraba que tras la colectivización del agro todo aumento de población sólo reportaría bienestar. La tesis central de Malthus no rebatía a Godwin centrándose en la defensa de la propiedad privada y la libertad de comercio, sino que consistía en afirmar que la población aumenta en progresión geométrica y los bienes de subsistencia en progresión aritmética. Las consecuencias inevitables, según quienes interpretaron extensivamente su obra, serían la superpoblación, la escasez como prólogo de hambrunas, y un alza irresistible de los precios así como baja de los salarios (independientemente de la titularidad de la tierra), pero hay que reseñar que Malthus no dejó escrito expresamente que era ineludible esa catástrofe. Tampoco propuso (como sí hacen sus herederos intelectuales hoy) la restricción coactiva de la natalidad (es muy posible que su condición de clérigo influyera al respecto). En ediciones posteriores del “Ensayo sobre el principio de la población” diluyó gran parte del negro panorama que podía deducirse en la primera edición al admitir la posibilidad de que un aumento de la renta en los trabajadores supusiera un retraso en la edad de contraer matrimonio, tener hijos y como consecuencia de ello, una disminución de la natalidad. Estas matizaciones parecen ser sistemáticamente ignoradas por los neo-maltusianos hoy día.

 

  El cimiento argumental de sus tesis se basa en la “Ley de los rendimientos decrecientes”, que postula que “si todos los factores de producción menos uno se mantienen constantes, los incrementos en el producto obtenible por la adición de unidades sucesivas del factor variable disminuirán a partir de cierto punto”.

 

  Como tantas concepciones que alumbran tesis erróneas, la maltusiana basa su fuerza en la aparente obviedad de sus observaciones e inevitabilidad de sus conclusiones. Parece algo que no requiere explicación el hecho de que si tenemos diez kilos de cereales para veinte personas, tocamos a menos que si somos quince personas para la misma cantidad de cereal. La simplificación excesiva de la realidad suele conllevar errores de bulto. Malthus cometió varios (como se encargó de demostrar la Historia desmintiendo sus pavorosas predicciones). No previó los avances agrícolas en la selección de especies vegetales, los progresos para aumentar la fertilidad del suelo, optimizar el riego o multiplicar la productividad agrícola y ganadera mediante la inserción de nuevos instrumentos que ahorraban tiempo y esfuerzo. Pero sobre todo, no apreció las ingentes oportunidades que el comercio internacional propiciaba. Tampoco sospechó la flexibilidad de los índices de natalidad y la sustitución del valor económico de los hijos por un valor afectivo según se eleva el poder adquisitivo de las familias.

 

 Su visión de la evolución demográfica atendía casi en exclusiva a la demanda sin prestar suficiente atención a la oferta. Vio al hombre más como consumidor, demandante y predador que como creador, oferente e inventor.

 

 

 

LOS NEO-MALTUSIANOS RECOGEN EL TESTIGO, ERRORES INCLUIDOS.

 

 

  Ehrlich reconoce que tanto Malthus como él mismo subestimaron el poder de la tecnología, pero insiste en sus tesis con una frase que intenta que suene lapidaria.: “En cualquier caso, la idea de Malthus de que los recursos son finitos aún no ha sido desmontada". El atrevimiento de Ehrlich sólo se explica por su falta de vergüenza. Nadie afirma que los recursos sean ilimitados. La Escuela Austríaca, de hecho, basa su pensamiento en la idea de escasez, como explica Gabriel Zanotti en este brillante artículo.

Pero Ehrlich postula un claro caso de non sequitur: de la evidencia de la escasez de los recursos pretende deducir la veracidad de todas sus tesis posteriores. Es algo así como si alguien nos dice que de la evidencia de la esfericidad de la Tierra, no puede negarse que los australianos se caen al vacío por estar “abajo”.

 

Las argucias del entomólogo quedan patentes en otra estupefaciente afirmación:

 

Es insensato que EE UU tenga 380 millones de habitantes”.

 

  Este sociópata ensoberbecido se considera capacitado para decidir la sensatez o insensatez de la población de todo un país, como si fuera una colonia de hormigas o un panal. Lo que implica saber mejor que las propias parejas cuántos hijos deben tener cada una. Pero la frase anterior no es más que la sorprendente prótasis de una no menos delirante apódosis:

 

No necesitamos [los EE. UU.] más de 140 [millones de habitantes] que es la cifra que teníamos cuando ganamos la Segunda Guerra Mundial"

 

  Más de la mitad de la población de los EE. UU. sobra, según este iluminado. Varias cuestiones de la frase nos plantean la elección entre el llanto y la carcajada (escojamos la segunda al menos en estos párrafos). La primera es la mezquina referencia a la victoria en la II GM como tratando de hacer un paralelismo entre esa hazaña histórica de la que sentirse orgulloso y otra especie de “guerra” que haya que ganar, la del control de la cantidad de población. Intenta plantear el asunto de la ablación de libertades como una cuestión patriótica de la que sentirse tan orgulloso como de la victoria ante el nazismo. Precisamente el nazismo se preocupaba mucho por controlar la natalidad, aplicando brutales políticas eugenésicas para imposibilitar el nacimiento de “untermenschen” (infrahumanos) y (por medio del proyecto Lebensborn) fomentar el nacimiento de bebés de la “raza superior”.

 

  El uso del verbo necesitar (“No necesitamos…”) vuelve a demostrar que Ehrlich sigue sin entender nada. El ser humano es el recurso más importante de todos, el definitivo; y su ingenio, el recurso más escaso. Es el hombre quien transforma cualquier cosa del mundo físico en un recurso mediante el acto de intelección de apreciar un aprovechamiento en la cosa y usarla para cubrir sus necesidades y querencias. No hay un “número óptimo” de “personas necesarias”. Y si lo hubiere, supondría reputar a muchos millones de personas como “innecesarias”, abriendo la puerta a pesadillas que ya hemos conocido.

 

  Pero lo más desternillante es el uso de la primera persona del plural “No necesitamos…” dice. Vamos, que entre los que no sobran en el mundo, se encuentra él, un hombre de setenta y siete años que no produce ningún bien material pero consume unos cuantos. Como vemos, uno de los recursos más escasos, es la coherencia. La primera persona del plural usada por Ehrlich me recuerda a esa frase que un amigo menciona a ciertas horas de la madrugada cuando el juicio ya está algo difuminado por los espirituosos de la noche: “El Apocalipsis va a llegar… y vamos a quedar muy pocos…”

 

  Friedrich Hayek edificó parte de su pensamiento sobre la perspicaz teoría de la “división del conocimiento”, previa a -y causa de- la “división del trabajo” que Adam Smith descubrió como inherente a la expansión del comercio. Cuantos más somos, mayor especialización del conocimiento y del trabajo y mayor eficiencia en cada especialidad. También, mayor será el valor agregado en los bienes y servicios que sean objeto de una elaboración compleja donde distintos especialistas tienen que aportar sus conocimientos. Hayek lo resumió en una de sus grandes frases: “Tenemos que elegir entre ser muchos y ricos o pocos y pobres”. El contraste entre la evolución y prosperidad de los países capitalistas y los no capitalistas, debería servir para aniquilar las dudas de cualquiera.

 

  Derruida a nivel económico la paranoia maltusiana, ¿cómo es posible que mantenga tan alto grado de penetración en la sociedad y tanto reconocimiento en no pocos ambientes académicos?

 

  En la próxima parte del artículo intentaré exponer las que a mi juicio son algunas de las causas (sociales, psicológicas y políticas) de la pervivencia del pensamiento maltusiano.

Lea aquí la segunda parte del artículo: EL ETERNO RETORNO DEL MALTUSIANISMO II

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1 Comentario

  • #1

    spurgus (lunes, 21 diciembre 2009 10:12)

    ¿cómo es posible que mantenga tan alto grado de penetración en la sociedad y tanto reconocimiento en no pocos ambientes académicos?

    La respuesta es muy simple: porque realmente no saben de lo que están hablando, o porque son malvados que se valen de la mentira y el engaño para asustar a la gente.

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