ANÁLISIS DE LAS EXTERNALIDADES (I): EL FRACASO DEL MERCADO

9-9-09

Martín Krause

 

La teoría del fracaso del mercado se origina a fines del siglo XIX (aunque críticos y detractores del mercado los hubo desde antes), cuando Vilfredo Pareto establece una condición relativa a la asignación de recursos que a partir de allí ha tenido una presencia constante en la literatura económica. Conocida como “el óptimo de Pareto”, establece que el punto máximo de la eficiencia económica se alcanza en “un estado en el cual no es ya posible reasignar el uso de recurso alguno, de manera que algún individuo gane sin que otro pierda” (Cheung, 1980, pág. 43).

 

  Al definir de tal forma al “nirvana” económico, cualquier punto inferior a ese presenta un grado de ineficiencia, que rápidamente fue atribuido al “fracaso del mercado”. No tardó mucho tiempo en aparecer una pléyade de economistas señalando los “fracasos” por no alcanzar el óptimo ideal. Entre ellos, uno de los más destacados es A. C. Pigou (1920), quien precisamente hace una referencia a la contaminación ambiental.

 

  Considerando el caso de la contaminación atmosférica originada en una fábrica, Pigou desarrolló el concepto de “costo social”, generado por lo que en adelante se denominarían “externalidades”. La divergencia entre el producto social y el privado se da cuando: “una persona A, en el transcurso de brindar cierto servicio, por el cual un pago es realizado, a una segunda persona B, incidentalmente también brinda servicios o des-servicios a otras personas (no productoras de tales servicios), de naturaleza tal que no puede extraerse un pago de las partes beneficiadas u obtener compensación para las partes afectadas “.

 

  Desde el comienzo, Pigou, y de allí en más sus seguidores, consideró que sólo la acción del gobierno podría eliminar los fracasos e imperfecciones y acercar a la economía al óptimo paretiano. Se explicó cómo haría el gobierno para tratar de obtener dicho resultado (impuestos o regulaciones) pero nunca por qué se pensaba que podía alcanzar el éxito en tal empresa. Es decir, se asumía sin cuestionar el fracaso del mercado y el éxito del estado.

 

  En el caso de la fábrica, dice Cheung (1980, pág. 51): “He aquí el argumento central de Pigou. Si se deja que el propietario de la fábrica de calzado pueda perseguir su propio beneficio, éste ignorará los efectos contaminantes y elevará ‘excesivamente’ el nivel de producción. Para conseguir la debida eficacia económica deberá, pues, modificarse el comportamiento del dueño de la fábrica mediante políticas gubernamentales ‘correctivas’, tales como la aplicación de impuestos o de compensaciones obligatorias a los ,,vecinos perjudicados o la coactiva regulación tanto del volumen de producción como de la contaminación o, en último extremo, proceder a la total supresión de la fábrica”.

 

  A las externalidades es necesario agregar otro “fracaso del mercado” conocido como “bienes públicos”. El concepto de bien público fue elaborado inicialmente por Paul Samuelson (1954). Si bien no se refería a problemas ambientales, definía dos tipos de bienes: “Asumo explícitamente dos categorías de bienes: bienes ordinarios de consumo privado, los que pueden ser divididos entre individuos diferentes; y bienes de consumo colectivo que todos disfrutan en común en el sentido que el consumo de cada individuo no lleva a la substracción del consumo de ese bien por cualquier otro individuo” (pág. 387).

 

  Los bienes públicos, entonces, presentan dos características definitorias: “no-exclusión” (no se puede o no es rentable excluir a consumidores que no paguen del servicio); y “consumo no competitivo” (el consumo de un individuo no sustrae al consumo de otro).Se han mencionado como claros ejemplos de bienes públicos a la seguridad, los faros, la televisión abierta, entre otros. Es más, el mismo Samuelson (1969) ofrece en un trabajo posterior una definición de bienes públicos de tal amplitud que nada queda fuera de ella: “Así, consideremos lo que he presentado en este trabajo como definición de un bien público, y en la que tendría que haber insistido mejor en mi primer trabajo y subsiguientes: “Un bien público es aquél que entra en las utilidades de una o más personas. ¿Qué es lo que nos queda? En un pequeño extremo el caso del bien privado y todo el resto del mundo en el dominio de los bienes públicos por presentar algún tipo de ‘externalidad de consumo’. “ (Samuelson, 1969, pág. 108).

 

  La vinculación entre externalidades y bienes públicos y su aplicación a los problemas ambientales es explicada por el profesor de Harvard, Theodore Panayotou (1993): “Cuando nos encontramos con varios emisores y varios receptores, las externalidades tales como la contaminación del agua o del aire puede ser consideradas como ‘males’ públicos y su corrección un bien público. De hecho, un bien público puede ser considerado como el caso extremo de un bien que sólo tiene externalidades; esto es, ninguna parte de él es privada respecto a ningún individuo. El consumo de cada individuo de ese bien depende de la cantidad total del bien provista en la economía” (Pág. 44).

 

  Se considera que un bien público es un “fracaso del mercado” porque éste no lograría proveerlo en la cantidad deseada debido a la actitud de los “free-riders” o “polizones”, concepto también planteado por Samuelson (1954), ya que sería en el interés personal de cada individuo enviar señales falsas respecto a su demanda de ese bien, para que otros carguen con el costo de su provisión. En el caso de los faros, cada compañía naviera sabe que si su competidor construye un faro sus barcos también se beneficiarían con él sin tener que hacer frente a sus costos y que si construye uno los demás se beneficiarán sin poder “excluirlos” de su consumo, por lo que (según esta teoría) nadie construiría faros, y el gobierno debe hacerlo pues sino la provisión de faros sería “sub-óptima” en el sentido paretiano.

 

  La conclusión a la que se llegaba siguiendo este camino era la necesidad de intervención estatal para corregir los fracasos del mercado. Por lo tanto, como en muchas otras áreas, el Estado dictó una continua y creciente cantidad de regulaciones.

 

 

  Extracto del trabajo “Crecimiento y protección ambiental” publicado por Martín Krause en la Revista Libertas 25 (Octubre 1996). Instituto Universitario ESEADE.

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