¿ILEGALIZAR LA INTOLERANCIA?
8-9-10
Elentir
La posible construcción de un centro islámico en la zona de Nueva York arrasada por los atentados del 11-S ha reavivado un debate muy habitual en la sociedad: ¿qué hacer con las formas de pensar intolerantes o liberticidas? Según unos, deben ponerse restricciones a la difusión de tesis, opiniones o creencias que chocan frontalmente con la libertad y los derechos del individuo, ya sea de forma puntual y para no pertubar la convivencia, o ya sea de forma radical -esto es, de raiz- para impedir que arraiguen en la sociedad esas actitudes intolerantes. Según otros, lo propio de una democracia es tolerar sin más la presencia de dichas ideas, creencias u opiniones, aunque éstas rebasen de lleno el ámbito de la provocación, siempre que aquellos que sostienen tales opiniones no las utilicen para incitar a delinquir a sus seguidores.
Normas anti-totalitarias ya vigentes en Europa
El Islam no es el primer ejemplo que surge en este debate. Algunos estados democráticos ya han prohibido las ideologías totalitarias de forma total o parcial, ya sea vetando la presencia de partidos totalitarios o simplemente ilegalizando el uso de sus símbolos. En Italia, por ejemplo, el fascismo está prohibido. En Alemania lo están el nazismo y el comunismo. Países otrora en la órbita soviética como Hungría, Lituania, Letonia y Polonia han ilegalizado el uso de símbolos comunistas y nazis.
En España, la Ley 6/2002 de Partidos Políticos establece que la denominación de los partidos no podrá incluir términos o expresiones contrarios a “los derechos fundamentales de las personas”, y advierte que los partidos deberán respetar en su actividad “los valores constitucionales, expresados en los principios democráticos y en los derechos humanos”.
¿Dar al Estado el poder de acabar con la libertad?
Con esta anotaciones llegamos al que en mi opinión es el punto clave de esta cuestión: estas normas arman al Estado de poderosos instrumentos para “proteger” a la sociedad de las ideas totalitarias, pero ¿es así como se acaba con una idea? Es evidente que no: tanto en Alemania como en Italia, por ejemplo, han seguido proliferando grupos neofascistas y neonazis. En España, a pesar de la citada ley, en el parlamento hay partidos que apoyan la imposición lingüística y otras agresiones contra los principios democráticos. Por otra parte, debemos preguntarnos: ¿qué riesgos implica poner en manos del Estado la capacidad de ilegalizar ideas en aras de la tolerancia?.
Sin ir más lejos, en algunas ocasiones he debatido con lectores de este blog si sería bueno y oportuno ilegalizar a los partidos nacionalistas, pues esos partidos sostienen políticas de exclusión y de agresión a los derechos y libertades de muchos ciudadanos en función de su idioma. Ojo al riesgo que ello implica: dar al Estado el poder de ilegalizar ideologías es empujar a la democracia a una pendiente muy peligrosa. Para empezar, ¿quién marca los límites de las ideas a ilegalizar? ¿Quién nos garantiza -pues no hablamos del mundo platónico de las ideas, sino del mundo real- que el Estado no utilizaría esa peligrosa herramienta para poner fuera de la ley a personas o pensamientos “incómodos”?
Por otra parte, ¿qué idea de libertad transmite una democracia que emplea la fuerza coactiva del Estado para erradicar ideas perniciosas? Si en algo radica la fuerza de la democracia es en el ejemplo. Quien goza de los beneficios de la libertad no es susceptible a renunciar a ellos a menos que se utilice el miedo para justificar esa usurpación, por ejemplo, pidiendo limitar la libertad en aras de la seguridad, un discurso que han asumido tanto la izquierda como la derecha parlamentarias. Una democracia que incurre en esta práctica se predispone a admitir mayores recortes con el mismo argumento y, paradojas de la vida, se acerca así a las tesis ideológicas que se proponía erradicar.
Asumir tesis liberticidas: un claro riesgo de contagio
Si las sociedades occidentales siguen prestas a contagiarse del totalitarismo, ya sea con un disfraz ideológico o religioso, en cierta medida eso ocurre porque han asumido en parte las tesis de esas ideologías liberticidas. Los Estados y sociedades occidentales han aceptado como propias tesis socialistas según las cuales el gobierno no sólo puede apropiarse de nuestra libertad y nuestra propiedad, sino que incluso tiene el deber de hacerlo para, por ejemplo, garantizar un teórico “equilibrio lingüístico” a costa de los derechos de los castellanohablantes, o quitarnos buena parte de nuestros ingresos y ahorros con el pretexto de “redistribuir la riqueza” y que no haya pobres ni ricos, y otros argumentos más o menos parecidos que siempre ponen máximas ideológicas por encima de los derechos individuales.
No sólo el totalitarismo ideológico puede llegar a asentarse en una sociedad tan propensa a renunciar a su libertad. También ha acabado haciéndolo el totalitarismo religioso, concretamente el Islam, que se beneficia para ello del pisoteo de los valores occidentales perpetrado por la izquierda ante la más absoluta indolencia de buena parte de la derecha. Una derecha que se niega a dar la batalla de las ideas, a asumir el reto ideológico, filosófico y cultural de plantar cara a las tesis estatistas y liberticidas de la izquierda, y que en algunos casos acaba asumiendo esas tesis. En este sentido, ante la apertura de un centro islámico lo procedente no es esgrimir la ley o crear normas nuevas. Eso no sirve para nada más que, a lo sumo, conseguir que el amordazado se haga la víctima y recoja con ello la simpatía de los más despistados.
Entonces, ¿qué hacer?
Lo que hay que plantar ante el totalitarismo es el significado de la libertad y lo que ésta conlleva, como por ejemplo el respeto por la libertad religiosa, que brilla por su ausencia en los países de mayoría musulmana: una situación que hay que denunciar con energía, rechazando la tesis “multiculturalista” que considera que los derechos humanos no son tan válidos en esos países como en Occidente. Ante un fenómeno totalitario tan erróneo es responder con la censura como adoptar una pose indiferente en aras de la tolerancia. Para afrontar un desafío ideológico, cultural y filosófico totalitario hacen falta ideas defendidas de forma activa, con convicción y coherencia, sin ceder al atajo fácil de recortar la libertad y sin mirar hacia otro lado.
En este sentido, la mayor ventaja que tienen hoy los totalitarios en las sociedades occidentales ya no es que haya libertad religiosa, sino la apuesta relativista de esas sociedades, una apuesta que las deja vacías de valores y de argumentos -es decir, de las verdaderas defensas éticas y morales de una democracia- frente a los totalitarios. Un vacío que luego pretende resolverse a base de leyes, dando así un paso adelante hacia el positivismo, el caldo de cultivo ideal para el totalitarismo.
Artículo publicado originalmente en el blog de Elentir.
COMPARTE ESTA ENTRADA POR MAIL O REDES SOCIALES









Escribir comentario
Comentarios: 0