PLANIFICADORES INNATAMENTE INÚTILES
15-1-10
Berta García Faet
Si el socialismo es un error intelectual, ¿por qué resiste su prestigio? La respuesta es cruel pero simple: la mayoría de la gente no está interesada en la técnica, sino en la ética. O por mejor decir, en lo que por lo común se cree que es la ética, esto es el igualitarismo (la falacia de “they own you things” ha hecho terrible mella).
Siendo la dialéctica socialista especialmente hábil para disculpar los medios que se emplean para un fin igualmente disimulado, es comprensible que la ética del socialismo resulte atractiva a los ojos de aquel que no se plantea todas las implicaciones de esta inhumana doctrina. Inhumano es el calificativo más justo para el socialismo, puesto que desnaturaliza al ser humano; le priva de su oriunda libertad y vicia la naturaleza según la cual cada uno posee unos atributos que son desigualmente valorados por el resto de individuos.
Pero expliquémoslo una vez más. ¿Por qué no funciona el socialismo? Podríamos argüir miles de razones de tipo ético y antropológico (que giran en torno a la paremia de que el hombre es libre y actúa); no obstante, nos ceñiremos esta vez al aspecto puramente técnico que tan odiado es por los idealistas.
La esencia del socialismo está en el órgano director (designado democráticamente o no) que es eficiente si:
1. Tiene la buena voluntad de favorecer al pueblo;
2. Conoce lo que quiere el pueblo;
3. Tiene potestad sobre todos los medios para favorecer al pueblo.
Estos tres puntos son necesarios para la eficiencia del socialismo pero son intensamente absurdos. Es curioso cómo, empecemos por dónde empecemos, analizando las premisas del socialismo siempre desembocamos en la aporía:
Aún suponiendo a efectos dialécticos que el órgano director tiene buena voluntad (lo cual es altamente fortuito), es imposible que se dé el segundo punto. Se intenta disimular esta complicación con el punto tres, o sea haciéndose el órgano director con todos los medios para usarlos según sus intuiciones. Intuiciones profundamente limitadas por su individualidad, porque por mucho que el órgano director se pretenda omniabarcante, no puede ser omnisciente: no puede conocer toda la información privativa dispersa en las mentes del resto de individuos.
El planificador estatal siempre yerra por esta sencilla regla: es una persona y no puede ser todas simultáneamente. Como no admite esto, cae en la arrogancia de pensar que sus intuiciones serán más bien acertadas, y se dedica a nacionalizar o robar mediante impuestos para ver si mientras tanto se le ocurre algo (no sé si es maleducado señalar que llevamos siglos esperando la fórmula mágica y ya toca).
Por otra parte, tenemos la contradicción de la función empresarial. El órgano director tiene el objetivo de descubrir y satisfacer las necesidades de la sociedad, para lo cual actuará empresarialmente. Sin embargo, si su función empresarial es concluyentemente eficiente, tendrá que tener en cuenta su propia individualidad, esto es, mirará por sus fines particulares. En caso contrario, no podríamos hablar de eficiencia. Claro que, entonces, no podríamos hablar de servicio a la comunidad sino de corrupción. Contradicción indisoluble.
Por no hablar del cálculo económico. El órgano director no es capaz de realizarlo (para ello necesita conocer los costes en los que incurre eligiendo un fin y no otro) más que nada porque los fines de la sociedad son infinitos y normalmente contradictorios; además, que se sepa al menos en Occidente, aún no se ha inventado la telepatía global.
Aunque ya seamos conscientes de antemano de que el resultado va a estar corrompido por la imposibilidad del cálculo económico, centrémonos durante un momento en los medios. El medio es siempre la coacción, y cuanto más se coaccione, más se limitará la libertad de los individuos y más artificiales serán sus necesidades, por lo que cuanto más coaccione el planificador (que es lo mismo que decir que cuánto más eficiente sea el planificador en su faceta de planificador), peores serán los resultados… Otra contradicción indisoluble.
Pero ¿qué se puede esperar de una doctrina basada en doxologías primitivas? Salvajismo e ineficiencia, nada más.
Me pregunto si la secuencia de esos tres puntos es, además de un parasilogismo (un error intelectual), un silogismo erítico. Es decir, ¿son los socialistas conscientes de la aporía y, aún así, siguen promoviéndola? ¿O son simplemente incapaces de verla? No sé qué es peor. Como siempre digo, "desipere est juris gentium", pero yo no tengo por qué cargar con las horribles consecuencias de ese delirio.
Artículo publicado originalmente en: AREÓPAGA
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